Opinión

EL JUEZ EN EL BANQUILLO

Tras continuados esfuerzos por dilatar el mayor tiempo posible la celebración del primero de los procedimientos a los que se enfrenta, el juez Baltasar Garzón ha terminado tomando asiento ante un tribunal que le aguardaba de modo inexorable. Nadie, ni siquiera el magistrado más famoso y controvertido del país debe posicionarse por encima de la Justicia, y mucho menos aún aquel que ha jurado defenderla en su condición de magistrado como es el caso del protagonista de esta causa. Garzón ha comparecido ayer acompañado por un zafarrancho de admiradores que le están haciendo un flaco favor y que probablemente el juez rechaza seguro de que estas manifestaciones extemporáneas e inadecuadas le perjudican mucho más de lo que le benefician. Pero quien siembra vientos recoge tempestades y el universo Garzón es ahora indómito y está fuera del tiesto.


Garzón no está siendo juzgado por investigar una trama corrupta como se empeñan en manifestar sus aduladores, -entre los que no podía faltar Pilar Bardem y no hay salsa en la que no esté presente este perejil de señora- sino por los métodos aplicados en el curso de la instrucción que es cosa muy distinta. A Garzón se le acusa de haber autorizado la escucha de conversaciones mantenidas entre abogados y clientes dentro de la cárcel misma, una praxis que sólo puede llevarse a cabo en situaciones extraordinarias como los delitos de terrorismo, y cuya aplicación arbitraria conculca los principios mismos del Derecho. Aplicándola unilateralmente y por propio convencimiento que es lo que se trata de determinar, Garzón puede conseguir dos cosas. Que se le juzgue por ello y que el propio caso Gürtel pueda ser invalidado por defecto de forma. No está mal.

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