Opinión

EL HÁBITO QUE SEGÚN SE MIRE

Que el hábito no hace al monje y que la apariencia externa no tiene por qué reflejar aquello que se esconde dentro de uno, me lo demuestra a mí la contemplación de una foto de Mahmoud Ahmadineyad, un tipo con apellido de pelotari y el cándido aire de propietario de una tienda de géneros de punto que ha cerrado el comercio y se dispone a pasar una tarde de domingo escuchando los partidos con la oreja pegada al transistor. Se trata de una estampa pasada de moda y necesariamente relacionada con los años sesenta, pero es que este sujeto tan equívoco y alarmante tiene aspecto antiguo. Uno le invitaría tranquilamente a merendar café y milhojas mientras no le dé por abrir la boca. Cuando lo hace, se transfigura y uno advierte, literalmente acojonado, que detrás del modesto comerciante de paños de Sabadell en día festivo hay unos lobos esteparios con las pupilas dilatadas, caninos como cuchillas y una bomba atómica en el comedor de su vivienda descansando junto al cuadro del bendito Profeta que preside la pieza. 'Dios bendice cada rincón de esta casa', decían unos azulejos muy monos que se colgaban de las paredes en aquellos tiempos para advertir al Maligno que en aquella morada no tenía nada que rascar. Pues sospecho que en el piso de este señor hay adornos semejantes solo que en árabe. Y la bomba, claro?


Ahmadineyad es un ejemplo, pero no es el único porque tampoco Bush tenía expresa cara de ser presidente de los Estados Unidos y ya ve usted. En cambio, Putin sí que lo lleva escrito, y a nadie se le escapa que los agentes del KGB en los viejos tiempos debían ser como él. Berlusconi es aparte. Lleva tanto remiendo y tanto tinte que uno no sabe en verdad qué cara tiene. Muy dura. Eso sí.


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