Opinión

EL ESTALLIDO FALLIDO

Los datos que nos llegan de todas partes nos están sugiriendo que pongamos coto a un Estado de las Autonomías que se pensó en clave política pero nunca económica y que, lejos de ser revisado veinte años después y reducido a los términos convenientes, se ha dejado crecer silvestre hasta que ha terminado por hacerse maleza y engullirnos a todos. El compendio de reglas que rige por tanto este estallido autonómico nuestro hoy fallido, se ha ido esculpiendo en función del insaciable apetito de ciertas minorías nacionalistas y ha acabado sucumbiendo por sus exigencias. Pero también, por la absurda creencia de que si no se traspasaba todo lo que se ambicionaba su respuesta seria prólogo de hecatombe, así que más valía otorgarlo todo lo exigido para no sucumbir al desastre. Parece obvio, y en ciertos casos ha podido demostrarse, que negando lo que es necesario negar no pasa nada ni se desmorona el mundo, pero la respuesta más fácil y la que producía menos temores era la de tragar. Y se ha tragado.


Hoy sabemos, incluso los más reacios a su reconocimiento, que un Estado de las autonomías como el que seguimos manteniendo no es factible. Pero si además de no ser factibles es inútil y cada vez menos operativo, la elección es bien sencilla y se apunta sola. Otra cosa es que exista voluntad política para llevar a cabo una reordenación sensata de la política regional que incluya la recuperación ponderada del Estado al que se hace más robusto y competitivo.


Probablemente respondería mejor y dibujaría un escenario mucho más equilibrado, homogéneo, útil e incluso más barato que el que tenemos. El que tenemos nos ha comido vivos, y lo razonable seria reflexionar y ponerle urgente remedio. Pero faltan ganas.

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