Opinión

LAS ESENCIAS DEL LENGUAJE

Hace unos días, empleé el término 'paradón' para definir una de esas intervenciones milagrosas que caracterizan a Iker Casillas, y el enano mágico que habita en las tripas el ordenador me largó un rapapolvo de miedo. El duende de la gramática de guardia dentro de este artefacto sigue a día de hoy abroncándome, pero en este caso lo hace ya sin razón porque la Real Academia ha decidido legalizar 'paradón' en compañía de muchos otros términos recién aceptados que ya pueden aplicarse sin vulnerar las reglas en este día triunfal de sábado florido en el que se rinde homenaje a la lengua castellana, aquella que comenzó a utilizar con franqueza y sin sonrojo fray Gonzalo de Berceo para entenderse con más propiedad con sus parroquianos. Era aquel un fablar de juglaría, un idioma usado por la gente corriente y el buen fraile sospechó -y no le faltó razón- que expresándose del mismo modo que la gente próxima al monasterio, obtendría de ellos una mejor respuesta. Y no contento con hablarlo, también se decidió a escribirlo Dios le bendiga. Gracias a Berceo y a su arrebato de audacia sin precedentes -permutar los latines del mester de clerecía por el habla llana de la juglaría propia de burgueses y campesinos constituyó una apuesta arriesgada que suscitó muchas críticas- estoy ahora mismo escribiendo, y haciéndolo en este idioma hermoso, eficiente, flexible y permeable que avanza sin fronteras y cuyo avance procura seguir la Academia en muchos casos con la lengua fuera. La gente habla y escribe como entiende más efectivo, acomoda el decir a su tiempo y momento y exige respaldo de los puristas del lenguaje, como en su día hizo maese Berceo jugándose la tonsura. Gracias le sean dadas a vuesa merced.

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