Opinión

Escenas de guardarropa

En verdad que no lo puedo evitar, y es que cuando veo ilustraciones de otras épocas -me ocurre especialmente con el siglo XVIII- me da la impresión de los protagonistas de las imágenes van disfrazados y que, una vez concluido el posado para el cuadro, se van a despojar de sus pelucas, sus casacas, sus corbatines de encaje y sus calzas, para vestir como vestimos nosotros entregando los ropajes a guardarropía. Se trata de un tiempo tan habitual en el cine y tan bien recreado -la película “Barry Lyndon” de Kubrick es una auténtica joya al respecto- que te obliga a tener la verdad cotidiana de entonces por plató cinematográfico, hasta que te ves estudiando a Goya y comprendiendo que, en efecto, aquellos honorables ciudadanos vestían así.

Supongo que es por eso por lo que, de vez en cuando, la situación se presenta partiendo de otros hechos y no puede sustraerme a la sospecha de que esta tropa del apéndice del caso “Malaya”, que incrimina a Isabel Pantoja por delito fiscal y evasión de capitales, es también el producto de un baile de disfraces o una escena cumbre de cualquier serial de televisión. El rictus heroico de la tonadillera y sus ademanes magnánimos de mujer condenada a la hoguera, ese gesto de desdén torvo y abúlico de Cachuli mirando de soslayo desde su oscuro universo interior, y la sonrisa un punto cachonda de Maite Zaldívar esbozada desde el la guasa y el infinito desprecio, todos ellos sentados en el banquillo juntos pero no revueltos, prudentemente distantes por los letrados respectivos que se reparten entre medias de la tropa, tiene un inconfundible aroma a sainete por entregas como si el juicio estuviera escrito por don Ramón de la Cruz. No será así, claro, pero parece.

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