Opinión

El gasto superfluo

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El gasto superfluo

Cada mañana, cuando abro el buzón, me pregunto por qué el país tiene que enfrentarse a un gasto tan inútil como el del buzoneo político. Antes, cuando  las relaciones  se desarrollaban directamente sin utilizar el ciberespacio del que nadie tenía conocimiento, era natural que los buzones se atestaran de correspondencia, y en tiempos electorales, los sobres conteniendo publicidad política rebasaban el receptáculo y salían al exterior. Pero a estas alturas, sospecho que los mensajes en papel ya están superados y su presencia no hace otra cosa que gastar el dinero del contribuyente. Estamos gastando más dinero público del razonable en cuestiones que no hacen falta. Seguramente la propia campaña electoral es un dinero derrochado. Sin embargo y en realidad, estamos en campaña electoral desde que Pedro Sánchez ganó sorprendentemente aquella moción de censura, aunque yo siga albergando la duda metódica. ¿La ganó Pedro Sánchez o el gallego Rajoy que para eso es gallego, dejó astutamente que la ganara y le dejó sobre la mesa la torrija para que se las entendiera con ella como era, a todos los efectos, el imparable arranque de la cuestión catalana?
Desgraciadamente y desde entonces, el país está completamente paralizado y el debate político se ha trasladado de sede, abandonando el Hemiciclo para expresarse en los mítines electorales donde se ha depositado una actividad que debería estar desarrollándose en el edificio escoltado por dos leones en la Carrera de san Jerónimo. El presidente Sánchez está inmerso en la campaña y se ha desvinculado de cualquier otra razón. El resto de los representantes políticos también, evidentemente, pero el facultado para gobernar aunque sea en calidad de interino es él. Ni diálogo, ni actividad parlamentaria, ni presupuestos, ni gobernanza. Y así llevamos más de un año.
Sánchez le está dando un tute que no veas al avión presidencial –hace unos días hubo de regresar a la base por un problema de presión en cabina según se ha contado- y va de paseíllo en paseíllo y de local en local soltando soflamas en un país en el que el clima se complica y el protocolo de convivencia necesita muchos retoques. El problema es que si las encuestas no mienten –y eso es en verdad mucho suponer- estamos otra vez en el mismo sitio y estoy no hay quien lo resuelva, El bucle permanente nos aguarda.

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