Opinión

El debate y la calle

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El debate y la calle

Reconozco que el debate mantenido por los cabezas de serie la noche del lunes me recompensó bastante más de lo que yo mismo había supuesto. Los cinco líderes de los cinco grandes partidos del arco político estuvieron mucho mejor de lo que anunciaba no solo la tradición, sino el propio formato. Ninguno de los protagonistas naufragó durante su participación, ninguno fue claramente superior a otro, hubo tensión, hubo debate y se apreciaron en todos ellos excelentes virtudes en el uso del arte parlamentario. A la hora de afinar, quizá pueda permitírseme suponer que el más flojo fue el presidente en funciones, aunque es también razonable señalar en su descargo que fue el epicentro de las presiones de los otros cuatro y estuvo solo frente a los representantes de cuatro grupos políticos con los que ya ha roto amarras. La situación se manifestaba desde el primer minuto y Rivera, Casado, Iglesias y Abascal, expresaron nada más levantarse el telón que, del mismo modo que Sánchez no tiene el más mínimo deseo de pactar con ninguno de ellos, ellos tampoco tienen nada en común con el presidente, al que ni siquiera aprecian en el plano personal. Sánchez es una isla en mitad del mar, cree que va a perder aún ganando, y sospecho que, en su fuero interno, sabe positivamente que ha cometido un gravísimo error de cálculo. El presidente procuró mantener el tipo, trató de transmitir una imagen institucional y fue posicionándose en areas templadas para tratar de ganarse el perdido electorado de centro. Su pasado reciente, oscurecido por la huella indeleble de su pacto con los secesionistas catalanes para entrar a contracorriente en la Moncloa le está pasando una durísima factura. Recuerden que, mientras Sánchez aguardaba el momento de saltar al campo, el jefe del Estado que él preside y su familia, no pudieron entregar los premios que llevan el nombre de una de sus hijas en la localidad que corresponde, hubieron de blindarse en un hotel de Barcelona literalmente tomado por la fuerza pública, sin asomarse a la calle hasta el momento del acto, recibieron el desprecio de las autoridades locales, fueron insultados por una masa enfervorecida que quemó sus fotos en público… Y hubieron de expresarse además en catalán, presionados por las circunstancias. Luego se volvieron a casa…. Así las gastaban ayer los socios que usó Sánchez para llegar a Moncloa. Ese disparate le pasa ahora factura.

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