Opinión

EL DUDOSO DOCUMENTAL

La gala de los Goya se despachó en esta ocasión con buen tino y serena apariencia tan distante de aquella que sirvió a la gente de la farándula para escenificar una crucifixión pública del entonces presidente a Aznar, apaleado por el general desacuerdo con la guerra de Irak y el fantasmagórico vagar en aguas gallegas del petrolero 'Prestige' tocado y hundido.


La de este año, con el ministro Wertz recién incorporado a la platea y la ausencia esperada de la Familia Real entre los invitados, estuvo sensata y consecuente salvo ese canto a la excelencia del juez Garzón que la propia Academia decidió premiar en función de dudosos preceptos y que tenía tanto de heroico y utópico como de ridículo, ahora que la Audiencia ha condenado a su protagonista por prevaricador y ahora que en otra de las causas, esa misma Audiencia le ha librado del oprobio gracias a los principios que el propio ex magistrado denigra, recordando sin embargo y para que a nadie se le olvide, que Garzón es un delincuente al que no se puede meter mano por prescripción de una denuncia presentada tal vez (sólo tal vez) fuera de tiempo.


El galardón otorgado al documental escrito por Rivas y filmado por Coixet que se rodó específicamente para apoyar al juez Garzón en su difícil trance no cumplió con su objetivo y más valdría haberlo obviado aunque sólo sea por respeto institucional al Tribunal Supremo que lo merece y a los siete magistrados honorables que sentenciaron. Cumpliría saber, eso sí, quién pagó la película, porque una cinta de esas características no es un vídeo casero despachado con mil eurillos y la voluntad. Necesita una infraestructura técnica costosa. A mí, por ejemplo, no me lo harían si me meto en un lío.


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