Opinión

Crónicas en la lejanía

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Crónicas en la lejanía

La respuesta de Gabriel Rufián a los disparates que al parecer se reflejaron en las redes sociales después de que Inés Arrimadas anunciara que va a ser madre por primera vez, reclaman la necesidad de un reconocimiento a las posiciones cada vez más moderadas de un diputado que se abrió paso a codazos en el Hemiciclo y en los centros de opinión social a cuenta de su hiriente falta de moderación. Había algo en las palabras del diputado secesionista que otorgaban a su estilo un cierto aire de impostura forzada como si Rufián –vaya apellido se ha visto abocado a llevar de por vida- fuera menos feroz de lo que reflejaban sus actitudes, y tuviera que representar un rol de villano con el que, en el fondo, estaba suavemente en discordancia. Hace unos días, Gabriel Rufián se presentó en Barcelona y trató de incrustarse en una manifestación independentista pero ese monstruo de Frankenstein en el que se ha convertido la carne de cañón de la causa y con la que los independentistas de cuello almidonado mantienen la presión en la calle, le llamó de todo, le calificó de vendido y lo echó a empujones de la fila. Dicen algunos de los que saben de esto que Rufián contestó mordiendo las palabras algo así como “sí, vosotros me largáis de aquí, pero a vosotros os toca joderos y yo me vuelvo a Madrid donde gano 6.000 al mes”. Todo es posible en este caos en el que estamos siendo abocados y que no va a pararse ni ahora ni el día 18, cuando los prebostes del fútbol nacional han fijado la hora del “clásico”.
La lejanía aumenta la perspectiva y sospecho que invita también a la reflexión. Y sospecho que muchos de los fervorosos independentistas que han puesto distancia entre ellos y el conflicto están comenzando a pensar que esto se está saliendo de madre y que los resultados que se pintan en el horizonte no van a compensar una dedicación tan incondicional a una causa que se ha desbordado auspiciada por si el asunto no fuera bastante, por un sujeto llamado Torra al que han convertido en presidente  y que por desgracia está completamente loco. Rufián ausculta la situación como algunos corresponsales de guerra dicen que mandan sus crónicas es decir, tomándose un daiquiri en la terraza de un hotel con piscina,  a unos cuantos kilómetros de la línea de fuego, tomando el sol y contando las humaredas que se advierten en lontananza. Rufián, en el confort de Madrid mira de lejos, los adoquines y las barricadas. Como Hemingway…

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