Opinión

LA CONDUCTA DESVIADA

El disparatado reto planteado por Zapatero bajo el pomposo nombre de 'Alianza de civilizaciones' que el presidente encomendó a un diplomático en estado de arrebatado misticismo propio del tipo que salva la vida gracias a un milagro, acogería, es un suponer, a un sujeto como este imán de Tarrasa que lleva doce años ejerciendo su ministerio y adoctrinando a sus fieles para que castiguen severamente con piedra y con palo a aquellas de sus mujeres de las que se sospeche una conducta desviada. En la impunidad cavernaria del Corán que se estila en ciertos rincones de esa alianza que Zapatero aspiraba a impartir para general regocijo del mundo mundial, la conducta desviada de una mujer puede ser cualquier cosa que exceda ir tapada desde los pies a la cabeza. Mirar a los ojos a un hombre, sonreír en público, mostrar algo más que los ojos y las manos, servir a su amo sin la humildad y el recogimiento necesarios, trabajar sin la aplicación exigida, salir a la calle, beber un refresco, dejar sueltos algunos cabellos o sentarse sin la debida compostura son sinónimo de conducta desviada y merecen una buena paliza para que las mujeres entiendan sin asomo de duda lo que la civilización islámica guarda para ellas.


Personalmente no tengo la menor duda de que la cultura islámica esconde una amenaza potencial incuestionable y no sólo me plantea un irresistible rechazo sino que me da miedo, si bien a la hora de calibrar su incidencia procuro suponer que con mantener una distancia prudencial el asunto está resuelto. Otra cosa es buscar fórmulas de asimilación como las que proponía el anterior presidente cuando aspiraba a perpetuarse como benefactor de la humanidad. Y al imán que le aguanten sus fieles.


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