Opinión

Las cenizas del difunto

El Gobierno se está distinguiendo en este último tramo de su recorrido por una errática interpretación de la condición que le corresponde. Gobernando en funciones como refleja el Real Decreto que ha sucedido a otro anterior en el que se certificaba su cese, pone fin al ciclo perdonando sorprendentemente al segundo de a bordo en la cúpula del Banco de Santander, y removiendo las cenizas de Francisco Franco bajó la losa de tonelada y media que las guarda en la basílica del Valle de los Caídos treinta y cinco años después de ser allí enterrado. Es posible que no sea ese el lugar más adecuado para que reposen los restos de Franco, pero la basílica de Cuelgamuros será para la historia un templo estigmatizado que no se redimirá por sacar al dictador de su lecho de piedra y llevárselo al cementerio del El Pardo donde hay un coqueto panteón propiedad de los Franco, su familia. Se trata de un arrebato postrero, pero semejante marrón es también muy propio de un Ejecutivo saliente que no ha podido aprobar la ley de la Memoria Histórica -muy cuestionable sin duda en los términos de alarmante parcialidad en los que se estaba redactando- y que pretende colgárselo ahora al que venga. Por tanto, apenas se comprende que el debate sobre los restos de Franco se rescate en este tramo final de mandato por un Gobierno que está de prestado, fiado además en el dictamen de una comisión de juicio dudoso y naturaleza inclasificable, y se lo traspase con la que está cayendo a un nuevo Gobierno que probablemente tiene muchas más cosas en las que pensar que menear los huesos del dictador y cumplir una encomienda que ni le corresponde ni le tienta. Jáuregui debería percatarse de que lo suyo ya no se impone.

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