Camino de perdición

Camino de perdición
A pesar de lo que crea el independentismo catalán, para el que ya no existe otra cosa en el universo que su causa y para el que todo aquel que la contradiga merece ser castigado muy severamente, el resto del país vive su vida incluso en los rincones donde se respira  con cierta presencia la condición del nacionalismo. El País Vasco, por ejemplo, marcado a sangre y fuego por la presencia etarra durante medio siglo, habla del asunto con la boca pequeña porque, tras un sufrimiento extremo cuyas secuelas no han sido clausuradas todavía, no puede plantearse volver a las andadas y resucitar aquellos años tremendos de dolor y muerte. El País Vasco tiene que cantar de vez en cuando la balada del independentismo a sabiendas de que nunca han vivido allí tan satisfactoriamente como ahora, bendecidos por una régimen económico a la medida, premiados con inversiones generosas y duraderas, amparados en una fiscalidad sumamente benévola, nadando en la abundancia y expresando sus señas de identidad en facetas ricas en relumbrón y bonhomía como el turismo, el deporte náutico y la gastronomía.
En cambio, Cataluña hace mucho tiempo que ha entrado en el camino de perdición y yo me pregunto cómo se puede convivir sin perecer, con el caos, la parálisis, el odio, y la sinrazón más explícita. En Barcelona, y de unos años aquí,  ha menguado fuertemente la inversión, se ha disparado el índice de criminalidad, se han caído los presupuestos, se han mermado las prestaciones sociales, y las empresas han huido de allí como alma que lleva el diablo, lo cual es perfectamente comprensible. La Barcelona de ayer mismo era un auténtico desconcierto, paralizada por las hordas callejeras del independentismo en su estado puro, con el aeropuerto colapsado, las vías de comunicación interrumpidas, el transporte público imposibilitado para prestar servicio, la fuerza pública reprimiendo oleadas de manifestantes alentados paradójicamente desde sus instancias de gobierno, la administración en suspenso y la gobernabilidad de la comunidad subordinada a la causa de la independencia que es la única que se ha practicado desde el poder en Cataluña desde hace mucho tiempo. Esto ni es una ensoñación ni es una anécdota. Y además lo pagamos todos con nuestro trabajo y nuestros impuestos. Seguir por este camino es un suicidio.