Opinión

DE BUENAS Y MALAS BIOGRAFÍAS

Lo bueno que tiene esto de ser gente del montón con una vida sin grandes novedades es que a los de mi condición nos corresponde una existencia razonablemente pacífica y exenta de sobresaltos que puede ser aburrida, eso sí, pero que casi garantiza la supervivencia a menos que se presenten situaciones que uno no puede controlar en la medida que debiera. Lo malo es que cuando tocara, uno no podría escribir su autobiografía, porque, al contrario de lo que narran Arantxa Sánchez Vicario, Isabel Sartorius o cualquier otra celebridad con el caldo ya posado, los que nada hemos pasado nada tenemos para contar y nuestras opiniones no le interesan a nadie. Sin embargo, es cierto que el género también se ha depreciado considerablemente ya por los materiales que se manejan ya por los gustos de la propia audiencia. Ahora tiene memoria cualquiera no como antes. Antes, los que escribían su autobiografía eran gente trascendente cuyas decisiones habían movido estados y cuyos amores inflamaban el alma de mujeres y hombres de influencia universal. Sirva de ejemplo el general Grant, quien pasó su vejez escribiendo a pluma sus memorias. Y lo hizo con tal gravedad y tan escrupuloso cuidado que una vez puesta la palabra fin, falleció al instante de tal modo que la fortuna que el libro recaudó con sus ventas y derechos se lo repartieron sus herederos, a los que el vencedor de la guerra civil y presidente de los Estados Unidos puso literalmente en casa. El libro es tan fecundo que sigue produciendo espléndidos beneficios que el general no pudo disfrutar. Para su desgracia, un hijo suyo le arruinó por completo y el hombre hubo de subastar hasta las medallas. Menos mal que sus recuerdos hicieron millonarios a sus deudos. Qué generoso.

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