Opinión

LOS ATLETAS CANTANTES

Los programas televisivos a la búsqueda de grandes talentos de la canciones se encuentran desgraciadamente en sintonía con la tendencia actual que obliga a los intérpretes a ser además bailarines, acróbatas o animadores y actuar también semidesnudos con el objetivo estricto de convertir un concierto musical en un show cuajado de luces, movimientos frenéticos, humaredas, efectos especiales, presencia multitudinaria en el escenario y elementos añadidos que nada tienen que ver con el fin último del espectáculo que debería consistir en escuchar buena música. Hace años, las intérpretes de la canción no necesitaban recorrer cien metros de escena meneando los solomillos ni era menester exigirles danza, acción y dosis generosas de erotismo. Aretha Franklin nunca necesito enseñar el ombligo para ser una reina, ni Petula Clark tuvo que recrear movimientos pélvicos contoneándose en bragas entre una docena de bailares para ser grande. Hoy, los cantantes han de ser también atletas que entonen sus conciertos sin perder el resuello, pero este concepto de espectáculo necesita de una forma física envidiable para no desafinar mientras el artista se contorsiona, y no ahogarse tras la décima pirueta.


Las cadenas de televisión buscan el número uno y los jurados empujan a los concursantes a que hagan show, apelando a la necesidad de expresarse emocionalmente y llegar al espectador lo que implica puestas en escena de riesgo o espectáculos esperpénticos como el de una joven muy entradita en carnes obligada a aparecer sexy contra su propia voluntad, o un muchacho con buena voz al que las exigencias han convertido en un auténtico payaso. Es una desgracia innecesaria. Para cantar no hace falta ser Usain Bolt.


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