Acuerdos imposibles

Acuerdos imposibles

Vivimos momentos políticamente turbulentos y en algunos casos, incluso inexplicables. Situaciones complicadas en sus planteamientos y en sus resoluciones, que desatan comportamientos aún más difíciles de explicar en un ámbito común que los políticos no están sabiendo gestionar. Pruebas muy contundentes de que va siendo hora de recuperar el sentido común se advierten en los ayuntamientos de Madrid y Barcelona donde las desavenencias han saltado dos minutos después de constituirse, y producen la impresión de que el grupo capitaneado por Albert Rivera está, probablemente, descontrolado. De otra forma no es comprensible la decisión adoptada de ruptura con Manuel Valls, el socio ideológico preferente para el ayuntamiento de la Ciudad Condal cuyo comportamiento es rigurosamente respetuoso con el principio repetido por Ciudadanos de no permitir que el gobierno de la capital de Cataluña caiga en manos de los independentistas. Entre Maragall, caduco independentista  declarado de cuya actitud no pueden tenerse dudas, y Ada Colau, -que admite envuelta en lágrimas haberse planteado irse a casa tras los gravísimos insultos recibidos en su toma de posesión- indefinible producto callejero, próxima al secesionismo pero no secesionista, había que elegir la solución menos mala. Era susto o muerte y Valls eligió susto en pura coherencia no solo con sus propias convicciones sino con  la línea marcada por el partido que le auspiciaba. Por eso no acaba de comprenderse la quiebra unilateral de relaciones a no ser que esa quiebra estuviera ya planteada desde mucho antes. Madrid también está planteado un auténtico conflicto que Vox ha puesto sobre la mesa y que se produce simplemente por la puñetera manía de no ser claros y transparentes. El administrado no sabe qué han pactado en realidad  Vox y el PP y qué papel desempeña en este acuerdo la tercera pata del banco que es Begoña Villacis. 
Claro que  un escalón más arriba están los que discuten la Moncloa. Pedro Sánchez se ve tan guapo, poderoso y pimpante en el espejo que acudirá a la investidura sin garantías plenas de superar la ceremonia de investidura. A su lado está Pablo Iglesias repitiendo contumaz: “mamá quiero ser ministro”. Se ha emperrado y no hay quien le convenza de que es un perdedor y los perdedores se van a su casa en vez de exigir cargos y prebendas.