Opinión

Vaquifobia

Pues sí, dilecta leyente, hay muchas clases de fobias. La que parece más reciente es la que he dado en llamar “vaquifobia”, o sea, fobia a las vacas.

Según un organismo tan poco serio como Naciones Unidas, hace responsable a estos pacíficos rumiantes del 18% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, por la expulsión de metano (es decir ventosidades), “un gas incluso más perjudicial que el CO 2, para el calentamiento global”. Como consecuencia de ello, recomienda reducir el consumo de su carne para combatir el cambio climático. Para justificar este genocidio vaqueril, ni Chiquito de la Calzada lo hubiera expuesto mejor.

A esta vaquifobia colaboró la pertinaz sequía que acaba con los pastos, teniendo los ganaderos que importar hierba, lo cual coopera a que su mantenimiento deje de ser rentable y opten por el matadero como última opción. Pero hasta esta alternativa tampoco parece positiva, pues según la Universidad de Harvard, el consumo de carne roja reduce las expectativas de vida.

Sin embargo, las vacas nos dan su leche, con la que se hacen los yogures y los quesos, entre otros productos y derivados, que a veces, incluso, sustituyen la leche materna humana. Nos dan sus propias crías para deleite humano y al final de su vida nos legan hasta su piel para que nos hagamos ropa y alfombras con ella. No cabe mayor desprendimiento. Sus boñigas sirven de abono para el campo. El abono hace crecer arboles y plantas, que nos dan de comer, incluso, en algunos países, su estiércol sirve para hacer viviendas. No cabe mayor aprovechamiento.

Por último, nos divierten (la vache qui rit), pues, como sabrá, dilecta leyente, se está poniendo de moda, para recaudar fondos, hacer sorteos, cuyo premio consiste en acertar en qué parcela depositará la vaca su boñiga. El invento nos lo queremos adjudicar los gallegos, sin embargo es original de Suecia. A nosotros nos cabe haberlo puesto de actualidad y expandirlo por toda la piel de toro (dicho sea con todo el respeto para la familia de los bóvidos artiodáctilos).

Deberíamos crear una sociedad en defensa de tan dadivoso animal. Le sugiero que grite conmigo: ¡Salvemos a la vaca Ryan!

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