Opinión

TOROS MORIBUNDOS

La fiesta de los toros está acabándose poco a poco sin necesidad de prohibirla, como en Cataluña: las plazas están medio vacías; se ve alguno de estos días en la principal feria del mundo, la de San Isidro, en Madrid.


Se organizan ya menos de la mitad de las corridas que hace una década porque el toreo se enfrenta a una sociedad a la que le repugna ver un animal desangrándose, aunque le repelan menos las masacres violentas entre humanos.


Se perderá así un arte que comienza hace al menos 13.000 años, como se intuye en Altamira, y que inspiró a Cervantes, Goya, Picasso, Manet, García Lorca, Hemingway o Vargas Llosa.


Para quienes no sienten el espectáculo como un drama simbólico de vida y muerte, la lenta desaparición de la fiesta es un paso más hacia una civilización superior.


El medio que acelera el cambio seguramente es la televisión: se ve el sanguinario y bárbaro espectáculo del toro alanceado de Tordesillas o cualquiera de los toros embolaos, y se odia instantáneamente todo lo que acose y hiera con o sin arte a un animal, toro o elefante.


Los taurófilos quieren que se distinga entre el bárbaro espectáculo de Tordesillas y la exquisitez del ritual torero; pero el mundo visual globalizado genera sensaciones y emociones rápidas, y es difícil separar por arte o por barbarie la imagen del animal herido, mugiendo moribundo.


Toda la cultura acumulada alrededor del toreo quedará para el estudio de antropólogos, como las costumbres de las tribus primitivas.


Hay plazas que se llenan ocasionalmente, pero más que para gozar de la lidia artística, para deleitarse viendo morir a un torero, en especial a José Tomás, que se enfrenta al toro como un suicida que busca el final legendario de Manolete.

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