Opinión

OBSCENITY

Días atrás unos talibanes católicos lanzaron cócteles molotov contra una galería de arte de Madrid que alberga la exposición fotográfica 'Obscenity' del canadiense Bruce LaBruce, en la que aparecen distintos artistas convirtiendo en sexuales las escenas más veneradas de la iconografía religiosa.


Además, militantes del partido Alternativa Española (AES), rezaban ante La Fresh Galery para protestar contra esa blasfemia, aunque tras producirse el atentado se desvincularon de sus autores.


El casi cincuentón LaBruce es un escritor, director de cine y fotógrafo que mezcla pornografía con iconografía cristiana mientras respeta las figuras mahometanas: sabe que si unos fanáticos católicos le lanzan botellas de gasolina, los otros lo degollarían.


Reaparecen ahora algunos fanáticos que no aceptan la blasfemia en una sala de propiedad privada, actuando como si con el gobierno del PP se sintieran más legitimados para agredir lo que les molesta.


Reacción diferente a la tímida de hace unos años bajo el PSOE y ante obras más ofensivas expuestas en centros públicos y pagadas por los gobiernos de Extremadura y Andalucía: Jesús, María y otras figuras del cristianismo practicando actos sexuales, incluyendo la zoofilia, en fotografías de José Antonio Moreno Montoya y Fernando Bedoya.


Calificar la blasfemia como delito contra unas creencias es peligroso para todas las libertades, porque, ¿quién determina qué es lo blasfemo?


En la ONU, los países islámicos llevan años luchando para considerar como crimen punible una ofensa a cualquier religión, y por ello Hamza Kashgari, 23 años, quizás sea ejecutado en Arabia Saudita por dudar de la santidad de Mahoma en un blog.


Cuidado con aceptar exigencias de fanáticos: como Jesús y María son figuras también veneradas en el islam, cualquier imán amparado por la ONU o una legislación local podría condenar a muerte a quien no sea muy beato.

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