Opinión

ISLAMISTAS, AL INFIERNO

Mohamed Merah, el 'asesino de Toulouse', que mató a siete personas, fue finalmente inhumado en Francia, lo que debería haberse aprovechado para enviarlo eternamente al infierno para que otros posibles terroristas sepan que obtendrán siempre ese horrible más allá, según sus creencias más puristas.


Si las narraciones sobre las maravillas del Paraíso islámico son mil veces más vívidas que las del cristiano, las de los horrores de su infierno son mucho más pavorosas.


Y el salafista cae fácilmente en ese infierno: el contacto antes o después de morir con una loncha de tocino o una menstruante, por ejemplo, se llevan allí al hombre más entregado a Alá, aunque el difunto se creyera puro y que estaba con sus 72 huríes.


Qué espanto: empiezas a gozar de tus vírgenes eternas y alguien te pone una loncha de jamón encima e inesperadamente desapareces del Paraíso y renaces en las peores calderas de Pedro Botero.


De ahí el cuidado y limpieza excepcionales que practican los islamistas antes de atentar.


Se lavan numerosas veces, se afeitan todo el cuerpo, se purifican, se sobreponen prendas para que nada impuro pueda tocarles y, hala, a poner bombas o a disparar, amparados en la idea de que los cristianos no profanan cadáveres.


Pero, ¿profana un cadáver una mujer policía menstruante que toca al mártir para estudiar las pruebas de sus crímenes?


Tampoco lo profana un policía que come un bocadillo de salchichón y se le cae un bocado sobre alguna parte del cuerpo del muyahidín.


Algo así debió pasarle a los siete suicidas de Leganés tras el 11-M para que otros islamistas se vengaran mancillando el cadáver de un policía muerto en el asedio, sin saber que los cristianos no tienen tales tabúes infernales para el cuerpo humano.

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