Opinión

EUROVEGAS

La lechera de Esopo iba con su cántaro sobre la cabeza calculando las riquezas que encadenaría tras vender la leche, igual que imaginan Madrid y Barcelona su futuro si albergan Eurovegas, versión europea de la capital del juego estadounidense.


La lechera tropezó, rompió el cántaro y se quedó sin nada. Caso de construirse la meca del juego, a una de las dos ciudades le ocurrirá como a aquella muchacha ingenua.


El promotor acaba de estar en Madrid visitando unos enormes terrenos baldíos, y las autoridades autonómicas dan por hecho que se instalará en ellos.


En Madrid creen que el promotor estadounidense e israelí, Sheldon Adelson, ha elegido Alcorcón, a 15 kilómetros de la Puerta del Sol, para invertir 18.000 millones de euros en doce hoteles, seis casinos y 18.000 máquinas tragaperras, cuyas actividades crearán la poco creíble cifra de 164.000 empleos directos y 97.000 indirectos.


Su aparente preferencia por Madrid podría ser parte de una puja para obtener mejores beneficios de Barcelona, ciudad en la cuenca mediterránea con cruceros y yates de multimillonarios, y más cercana de la vieja Europa que la capital española.


Aunque Las Vegas, Nevada, está en mitad del desierto de Mojave, y la mayoría de sus 45 millones de visitantes anuales llega en avión.


Las negociaciones las inició el gobierno Zapatero, pero ahora el PSOE condena el proyecto porque puede beneficiar a la derecha madrileña o catalana. Afirma que provoca ludopatía y otros vicios, los motivos de Franco para prohibir los juegos de azar.


Antes, la tolerancia y la transgresión eran de izquierdas, pero ahora todo lo que genere riqueza es malo para su nuevo puritanismo.


Eurovegas, el petróleo canario, los chiringuitos de playa, los hoteles costeros y demás actividades que sacarían el país del marasmo, son pecados de lesa progresía.

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