Opinión

Por los pobres del mundo

La energía está en la base de todo lo que nuestra civilización hace, en la base de la existencia misma de nuestra sociedad. No existe actividad alguna que no requiera energía, en mayor o menor medida. Los países ricos consumimos mucha energía, mientras que los pobres consumen poca. Por eso nosotros somos ricos y ellos pobres. Para salir de la pobreza es condición necesaria (aunque no suficiente) contar con energía abundante y barata. Se necesitan también otros parámetros, como instituciones que respeten la libertad de las personas, por ejemplo.
No existe (ni ha existido nunca) un país rico que tenga un bajo consumo energético per cápita. Sin embargo, cuando una sociedad comienza a ser rica, va poco a poco desacoplando su crecimiento del consumo energético y puede aumentar su PIB con cantidades menores de energía. Una de las explicaciones (la obvia) es que los países ricos son más eficientes haciendo las cosas. Tienen más y mejor tecnología, siendo capaces de hacer más cosas utilizando menos recursos energéticos.
La otra explicación es menos obvia y consiste en que las economías de los países ricos tienen menos contribución de los sectores primario y secundario, más demandantes energéticamente. ¿Recuerdan ustedes la industria que ya no tenemos? ¿Recuerdan cómo eran ciudades como Bilbao, Avilés o Huelva hace décadas? No tienen absolutamente nada que ver con la actualidad. Lo mismo sucede con la agricultura. En 1960 trabajaba en el campo más del 30% de la población española, hoy no llega ni al 3%.
Ya no necesitamos esos sectores para ser ricos, pero los necesitamos en el pasado. Es un camino que hay que transitar y que los países menos ricos del planeta están transitando en la actualidad o van a transitar en algún momento del futuro. Ese camino lo recorrimos (todos) utilizando combustibles fósiles abundantes y baratos, como el carbón, el gas y el petróleo. No podríamos haberlo hecho sin ellos. Los pobres del mundo, por tanto, pretenden hacer lo mismo y nosotros no somos nadie para negarles ese derecho.
Las sociedades tienen un enorme problema cuando olvidan cuáles son las fuentes de su bienestar. Cuando obvian que la energía es vital para el desarrollo o mantenimiento de sus estándares de vida. Hay quien celebra que el consumo energético se haya desplomado en los últimos años (por ejemplo, en Alemania). Lo describen como un éxito en política energética y un motivo de celebración por la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, hay poco que celebrar.
El consumo energético en Alemania no ha caído porque hayan implementado políticas de eficiencia que hayan dado resultados asombrosos o hayan adoptado nuevas tecnologías energéticas. El consumo ha bajado porque la producción industrial en Alemania se ha desplomado. La industria germana está en los niveles más bajos en décadas -la industria química está en niveles de producción similares a 1995- y no hay nada positivo en ello. Menos industria significa (en el corto plazo) menos producción, menos exportaciones, menos crecimiento, más desempleo y más pobreza.
¿Acaso ya no necesitamos industria? ¿No seguimos consumiendo aceros, cementos, plásticos o materias primas de minería? Por supuesto que sí, pero ya no los producimos nosotros. Hemos externalizado su producción a países más pobres. Nos hemos quedado con la gente que trabaja sentada con su ordenador y compramos fuera los productos fabricados por gente que trabaja en sectores económicos que nosotros denostamos. Por eso el consumo de combustibles fósiles a nivel mundial no baja, porque estamos dejando de consumirlos nosotros pero los están consumiendo otros que están fabricando las cosas que nosotros necesitamos.
La cantidad de combustibles fósiles consumidos por la humanidad superaba el 80% del total energético hace décadas. Hoy, ese porcentaje sigue siendo superior al 80%. Toda la tecnología desarrollada y las nuevas fuentes energéticas que poseemos no han conseguido disminuir todavía ese porcentaje de manera apreciable. La transición energética no está teniendo lugar, es uno de los mitos instaurados en el imaginario colectivo.
Únicamente unos pocos países del mundo (España entre ellos) han hecho un esfuerzo realmente significativo en esta materia y están consiguiendo reducir las emisiones. Pero el esfuerzo se está focalizando únicamente en la producción de electricidad, mientras que la transición energética es un concepto mucho más amplio. La electricidad supone apenas el 20% del consumo energético mundial, ¿qué vamos a hacer con el otro 80%? ¿Cómo vamos a descarbonizar la siderurgia, la industria química o la producción de plásticos en el corto plazo?
Mucho me temo que seguiremos como hasta ahora. Poniéndonos las cosas difíciles a nosotros mismos. Prohibiremos o pondremos trabas a muchas de las cosas que nos proporcionan riqueza y bienestar. Cerraremos toda la siderurgia occidental, pero se la compraremos a China o India y, además, le pondremos aranceles para que nos cueste más cara. Prohibiremos a nuestros agricultores utilizar combustibles fósiles, fertilizantes nitrogenados y pesticidas pero seguiremos comprando comida en países que no tienen ninguna de esas restricciones.
En definitiva, continuaremos con la política del avestruz, metiendo la cabeza bajo tierra para no ver lo que realmente estamos haciendo. Por eso Europa no crece y por eso tenemos economías que crecen por debajo de la inflación real desde hace muchos años, haciéndonos a todos cada vez más pobres. Por eso el foco mundial está ya puesto en otro sitio y nosotros, con nuestro Renacimiento, nuestra Ilustración y siendo la cuna de la sociedad occidental no pintamos ya nada en el mundo. Y qué quieren que les diga, mucho mejor para los pobres del planeta.  

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