Opinión

Los okupas tienen bula

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Los okupas tienen bula

Pues, dilecta leyente, últimamente el dislate del selecto club de la guindola se ha trasladado hacia los propietarios de sus legítimas viviendas, en su mayoría domicilios de familias que no tienen otro hogar al que acudir y de los que son desalojados por unos insolentes gualtrapas que parecen gozar, en este país, de bula. Una bula que parece haberle sido otorgada por la mara de políticos que están en el poder, a donde accedieron por el voto de aquéllos. Con razón estos bandarras parecen argüir¨: “Lo hacemos porque Podemos”

El caso es que estos insolentes okupas, algunos de lujo (deben ser casta), porque no se contentan con el pisito sino que invaden chalés (como el del Coletas), así como otros relacionados con la mafia del “tope al pandorro” (que ha hecho un negocio con la usurpación), no dudan en enfrentarse con sus víctimas y los vecinos que solidariamente salen en defensa de éstas para evitar el vil ultraje, a pesar de resultar muchas veces vapuleados por los envalentonados hampones.

Podía haber sucedido en cualquier parte del país, pero esta vez fue en Vigo, en el barrio de Teis, en donde la crónica de sucesos relata como una “jay” se introdujo en una vivienda, en ausencia de su propietario, forzando la puerta al más puro estilo topero: “esparrabando una burda” con la clásica pata de cabra.

Al ser informada la víctima, ésta se personó en el lugar, intentando convencer a la intrusa de que la vivienda estaba ocupada, a lo que la aludida utilizando el truco del almendruco fingió estar dispuesta a irse, pero le pidió un tiempo para llamar a unos familiares al objeto de que la ayudasen a retirar algunos muebles que subrepticiamente ya había introducido en el piso.

Familiares y amigos, todos del mismo clan, llegaron, pero con la intención de perpetuar la invasión, armados de palos, bastones y algún martillo y se armó la del dragón. Se enfrentaron primero con insultos y amenazas, y luego a golpes con el propietario del piso y los vecinos que lo apoyaban, causándoles importantes lesiones de las que tuvieron que ser asistidos en un centro médico. 

Lo inquietante es que la mayoría de los heridos no se atrevió a formular denuncia, por miedo a las represalias de sus agresores (sufridores en silencio). Y es que vivir con miedo a ciertos grupos no es propio de una democracia, que se considere como tal. 

Y así el ciudadano tiene que verse expuesto a que unos arrogantes calorros decidan impunemente aposentarse en su hogar, y encima protegidos por los Agentes del Orden frente a los que ven vilmente arrebatadas sus viviendas, y que se tienen que quedar en la calle, con lo puesto y, al parecer, sin rechistar.

A ver si con la renta mínima vital, las viviendas sociales, los comedores sociales, las ayudas de Cáritas, Cruz Roja y algunas ONG, los “sin techo”, pueden ir malviviendo, cual cualquier ciudadano de clase media de este país, que a pesar de las penurias que sufren, no se dedican al saqueo de lo ajeno ni a la bulla permanente, como norma habitual de su indigna conducta.

Y no es que no esté penado el desmán, nuestro Código Penal lo sanciona, bien como Usurpación, cuando la vivienda está vacía, bien como Allanamiento de Morada, cuando está habitada, aunque circunstancialmente el morador no se encuentre en su interior, pues aquí el bien jurídico protegido no es solo la propiedad, sino también el derecho a la intimidad. Claro que también se podría denunciar por “Robo en casa habitada” aunque sea en grado de tentativa, porque de momento han desposeído a los propietarios de sus bienes, mientras aquéllos disfrutan de ellos.

Habrá que legislar mejor o condenar a algunos jueces por Prevaricación y a los policías por Omisión del deber de perseguir delitos. Pero algo habrá que hacer.

Por su parte, si el propietario de la vivienda recurre a la fuerza para recuperarla, podría ser castigado con una simple multa (Realización arbitraria del propio derecho), pero si además lo hace tras utilizar inútilmente las vías legales, incluso puede resultar absuelto. Por lo que deberá reflexionar sobre lo que le conviene y, en su caso, acudir a un buen penalista; a ser posible, además, criminólogo.

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