Opinión

Jugando con la muerte

Pues sí, dilecta leyente, resulta que unos se hacen los muertos como ofrenda precisamente a estar todavía vivos, otros son unos vivos que se hacen los muertos para cobrar el seguro de vida, otros mueren arriesgando su vida de forma gratuita, y otros sencillamente se suicidan porque no les gusta como están las cosas

En el primer caso están los que acuden a las romerías dentro de ataúdes, portados por familiares o amigos, como muestra de agradecimiento por haber salvado el pellejo o por algún otro favor pendiente de resolución por la santa milagrosa que, al parecer, cura las enfermedades. Aquí en Galicia tenemos una escabrosa representación: En la provincia de A Coruña, existen la de San Andrés de Teixido, en el lugar de su mismo nombre, y la de “A festa das mortaxas” en Pobra do Caramiñal. Y en Pontevedra, la procesión de Santa Marta de Ribarteme, en As Neves.

En el segundo caso, están los estafadores del seguro. Fingen su muerte con la intención de cobrar. Los hay que son unos chapuzas, pues se olvidan que uno de los trámites es conseguir un parte de defunción, un cadáver, que no sea el suyo, pero con el que pueda ser confundido (por ejemplo quemado o desfigurado), minimizar el número de personas que te van a buscar (acreedores que no se fíen), proveerse de una nueva identidad, largarse lo más lejos posible del lugar de la estafa y llevar una vida discreta. Otros son más ingeniosos, pero no tienen suerte y mueren después de darlos por fallecidos, en atropello o cualquier otro accidente, y el ADN es un insobornable delator, por lo que se descubre el fraude. Otros se quedan cerca de la “viuda” y son pronto encontrados, o sencillamente rompen el pacto con la “beneficiaria”, normalmente por una razón de cuernos y ésta canta. Otros se hacen famosos, y cualquier periodista avispado descubre el tongo.

Para evitar tener que presentar cadáver ajeno, se acude a la fórmula de la desaparición, y cuanto más cruento sea el supuesto siniestro, más pronto se le dará legalmente por muerto. Claro que lo más efectivo es cargarse al hermano gemelo, que, además del parecido, tiene el mismo ADN. Sólo existe un problema: tienen distinta impresión dactilar.

Lo malo es la existencia de bandas que se dedican de forma profesional a tan “obituaria” labor, matan y luego con la documentación de la víctima intentan cobrar, tras hacerle un seguro poniéndose como beneficiarios, bien antes o después del asesinato.

Otros se juegan gratuitamente sus vidas en deportes de riesgo o en juegos peligrosos, y los menos, simplemente se quitan de en medio. En este sentido, cabe hablar de una especie de vasos comunicantes, y es que al disminuir los fallecimientos en accidentes de tráfico, se han reducido los trasplantes de órganos, que, por otra parte, se compensan con el aumento de suicidios.

Y, así, es necesario que alguien muera para que otro viva. Es la ley de la selva, sólo que democratizada.

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