Opinión

Una bala para un tránsfuga

Pues sí, dilecta leyente, somos muchos a los que no nos caen bien los tránsfugas, porque normalmente su cambio de voto responde a intereses espurios, difíciles de justificar, y suelen provocar una reacción violenta por parte de aquellos que un día lo votaron integrados en el partido al que ahora traicionan, y el repudio de los políticos que lo creyeron un compañero más. Pero eso no justifica ni que se llegue a la agresión ni que se le amenace, porque eso supone un comportamiento delictivo y por lo tanto totalmente rechazable. Hay medios que proporciona en Estado de Derecho, como es la vía penal, si procediera, o el acuerdo serio entre los partidos para no tolerar tales comportamientos. Claro que puede haber casos en que el cambio de orientación política responda a una especie de conversión paulina, que tampoco se puede descartar.

Ni la corrupción ni la inmoralidad deberían tener cabida en la política si se quiere que la gente respete tan necesaria y a veces excelsa actividad, cuando realmente se tiene como meta el servicio al pueblo y no servirse del pueblo, siguiendo aquella máxima de “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”.

Para ello, es necesario llegar a la política con experiencia de haber trabajado antes en el ámbito privado o funcionarial, haber triunfado profesional y socialmente, para tener algo positivo que aportar y compartir con sus conciudadanos: el éxito y valores que le acompañan. Y no el resentimiento y la frustración del perdedor, cuando no la irresponsabilidad del aventurero. Así, recientemente hemos visto a miembros del BNG, pasarse a la actividad privada, por no estar conformes con determinada deriva de su partido, pero claro, les esperaba una cátedra o un puesto de ejecutivo. Eso les permite actuar con un mínimo de dignidad, proporcionándoles la libertad necesaria para tomar decisiones con arreglo a su conciencia. Los otros los que fuera de la política sólo les queda el pozo del paro o el abismo de la indiferencia, se aferran al carguito como lapas, tragan sapos y sables, aplauden a rabiar al líder de turno y se convierten en un rebaño de obedientes borregos, siguiendo con resignación al ovejo, (que, indefectiblemente les lleva al matadero o al suicidio colectivo)) por muy intrincada, escarpada reseca y sin salida que sea la ruta que les marque.

A un tránsfuga de Mos le han enviado una bala y una carta con amenazas, al más puro estilo mafioso. Y eso es pasarse varios pueblos. Pero de eso hablaremos en otro artículo.

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