El machista más tierno del mundo

El machista más tierno del mundo
Tenía nombre de flor. Pero llamémosle Boca. Cabello lacio, sonrisa pronta, mirada tímida, carita de yo no fui y cuerpo de no me creas. “Ya está bien –me confesó sacrílega tras una tarde de lujuriosas liturgias-: nos someten al rito iniciático de comer carne y beber sangre humana, y nadie nos advierte de que la parte más sabrosa es la entrepierna”. Estaba en tercer año de medicina; anhelaba emanciparse de sus padres para apostatar del Nuevo Testamento; eran italianos, la habían educado en el seno y coseno de la Iglesia; el espíritu estaba dispuesto, mas la carne era débil, y durante unas vacaciones en Sicilia, a donde viajaran para visitar “a la familia”, Giacomo, un primo suyo, la puso orando hacia la Meca: fue un buen precursor: amantes y maridos hay, que ni siquiera para eso valen. 
Hasta entonces tenía doma clásica: la virginidad era un tesoro que había que preservar, un regalo exclusivo que sólo cabía abrir en el secretismo del tálamo nupcial. Pero Giacomo la había convencido de que con abrir la boca sería suficiente. Destruidos los arbotantes de su virtud, reventados los goznes de sus prejuicios, Boca quedó al socaire de su feminidad cóncava: recipiente, vientre, bibalbo, ya desde el origen de los tiempos asociada a entrega y a pecado. 
Boca pasó a llamarse Piel, Cuerpo, Desafío. Tentaciones como aquella no merecían deshonras como yo, pero la embestida de la pasión enseguida nos hizo perder el himen del recato; por la senda del placer llegamos a la plaza de la imprudencia. Pronto nos expulsarían del Paraíso.
Toda mi vida he sido un vasallo de Eros. Mil veces me he adentrado en las recónditas simas de las hembras, mil veces me he aventurado en el laberinto perturbador de sus cavernas, he escalado sus colinas, aspirado sus olores, desbordado sus humores, he besado, azotado, mordido, palpado, lamido, acariciado, he llegado a descubrir en cada uno de sus recodos arcanos inconfesables, las he vuelto del derecho y del revés, se han puesto de rodillas y a horcajadas, han gritado, suplicado, susurrado, suspirado, enmudecido. Y me han pedido más. Y más despacio. Lástima que la coreografía de la pasión no supla del todo la plasticidad de la ternura: ¡mil veces, ay, también  me he guarecido de los fríos del alma entre sus brazos! He sido el machista más tierno del mundo.  
Hoy, empero, sic transit gloria mundi, “las hijas de las madres que amé tanto/ me besan ya como se besa a un santo”.