Laus Deo

Le echó un par de cojones, sí señor. No tanto porque desalojara a latigazos a los mercaderes de la plaza del Obradoiro (o como se llamara el atrio del templo aquel donde iban a trapichear los fariseos), o llamara raza de víboras a los puristas de la ley mosaica, que mucho predicar y mucho rasgarse los manteos y luego resulta que eran unos deicidas. 
 Me cae bien el hijo del carpintero, sí señor. No tanto porque dijeran de él que era capaz de derribar el templo y levantarlo en tres días (que por muy buen encofrador que fuera estoy seguro que no andaba con esas fanfarronadas), ni porque desafiara al poder y desconfiara de la publicidad engañosa de aquel entonces: “No solo de consumir vive el hombre”, vino a decirnos.
 Me cae bien el Nazareno, sí. No por su linaje ni por ser hijo de David que engendró a Salomón, que engendró a Roboam, que engendró a Abías, que engendró a no sé quién, hasta llegar a Jacob que engendró a José, marido, o lo que fuera, de María. No. No me importa tanto la pureza de su sangre cuánto la nobleza de su espíritu, y su manera de estar en el mundo a despecho de quien le haya pagado los billetes. 
 Me cae bien. Porque además de todo lo anterior era un adelantado a su tiempo, un indignado de vereda y vía crucis (no de twitter) que intentó cambiar el miedo por la rabia, un amigo de sus amigos, un feminista recalcitrante a pesar de vivir entre una panda de salidos que querían apedrear a una esposa mal atendida, un tipo que disfrutaba con las sardiñadas en la playa, con el buen vino en las bodas, y con las francachelas de despedida en las que siempre iba con la verdad (y la cartera) por delante, dispuesto a disimular los vapores etílicos de los que mucho “maestro” y mucho “hagamos tres tiendas” pero que enseguida se quedaban fritos o sacaban de faca medio beodos y se ponían a cortar orejas de centuriones. Por cierto, aquella noche, en el huerto de los olivos, se hizo el primer trasplante de tejidos… 
 Fuera coñas, me cae bien el coronado de espinas: INRI, en el argot de los acrónimos. Porque si hoy volviera, un suponer, diciendo que era uno de los mandamases de su reino, si les dijera a los purpurados de la Iglesia que antes un camello entraría por el ojo de una aguja que un milloneti en el Paraíso, y que “¡ay de aquel por quién venga el escándalo!”, y “vended todo lo que tenéis y dádselo a los pobres” y perlas por el estilo, no le llamarían Emmanuel, le llamarían mal nacido, Mesías de todo a cien, antisistema, borrico flauta y otras paridas. Y no le dejarían entrar en el Vaticano ni pa dios: en esto empeño mi vida.
 Laus Deo, para quienes lo invocan de buena fe y buena voluntad en estos días.