La villana

Villa viene villano. Y villano viene del latín “villanus” que significa siervo. En el cine nos los representan –a los villanos- con gesto maníaco, rasgos afilados y expresión perversa; suelen recurrir a todo tipo de ardides para triunfar, y parecen inteligentes pero les pierden las formas: entonces se manifiestan tal como son: malos, vengativos, maquiavélicos. Los villanos, al menos en las películas, siempre se enfrentan al héroe. 
 Si yo hubiese tenido el patronímico y la planta de Felipe Juan Alonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia y hubiese sido heredero del trono de España, tal vez me hubiese desfogado con pibones que no me cupiesen en la cama, pero después me hubiese maridado con alguien de la realeza. El Príncipe, para escarnio de republicanos, eligió a una plebeya con pasado: una asturiana hecha a escala reducida, nieta de taxista, plumilla de profesión y divorciada. Se casó con quien quería, ojalá lo haya hecho también con quien debía.
 Yo la conocí cuando Letizia, con zeta, no era aún reina de España (por cierto, sin eñe, “Espana” no sería más que un tejido de áspero tacto); cuando ni siquiera era princesa, aunque lo pareciera por cómo daba en la pantalla con su boquita de fresa, ¿qué tendrán, siempre tristes, las princesas? Tampoco era ninguna lumbrera: para hacer una entradilla de 30 segundos tuvo que intentarlo siete veces, y se retocó otras tantas los morros con pintalabios; claro que a lo mejor iba nerviosa: lo que veíamos desde el helicóptero no era para menos: el desprestigio del Prestige, la negra sombra que me asombras, aquel “Nunca máis” que embadurnó las costas gallegas de chapapote y a España entera de vergüenza. 
 Antes la reina era eso, Leti, una plumilla resultona en la pantalla, y más o menos risueña. Después fue una buscona –según algunos-, y corrieron chistes satíricos al estilo “Los Borbones en pelota” de los hermanos Bécquer allá por el siglo XIX; entre otros que iban a concederle a su ex marido el título nobiliario de ‘Marqués de monté a la reina’. Hispánica irreverencia, propia de súbditos cachondos.
 No era fea, pero ahora, a pesar de mandarse a esculpir un perfil heleno (como su suegra), de encaramarse en unos “leticios” de 10 cm. y de moldear una cinturita del ancho de un folio din-a4, no es ninguna Nefertiti. Aunque esto sería lo de menos. Lo que jode es constatar que la reina ha salido de la villa pero la villa no ha salido de la reina. Es una villana. Me refiero a las imágenes conque nos abochornó el pasado domingo de Pascua a la salida de la catedral de Palma.
 Letizia es mala nuera, al impedirle a la abuela acariciar a su nieta; es mala esposa, al malmeterle a su marido con la familia, y es mala madre, al no reprender a la infanta por el manotazo que le dio a la abuela. Para mala reina le faltan atributos, porque para ser reina no basta con ser la esposa de un rey, ni cumplir el protocolo: tienen que sentirlo así los súbditos.
 El rey reina, pero no gobierna. Y a este paso y con esta esposa, tal vez pronto ni lo uno ni lo otro.