La imbecilidad es tendencia

La imbecilidad es tendencia

Mujer, bixesual y feminista”, así se presenta una diputada de En Marea en las redes sociales. No se me sofoque señoría, no es para tanto. Yo soy hombre, heterosexual y feminista, y nunca consideré que mi currículum fuese carta de presentación ni mérito suficiente para airearlo en la nube. 
 Defínase usted por su capacidad de trabajo, por su preparación académica, por su actitud ante la vida, o por lo que le salga de la ventosa, pero llamándose Ángela Rodríguez, siendo milenial, viviendo en España y militando En Marea lo suyo, créame, tiene trascendencia nula.
 Verá: En este país existe libertad para que cada cual pueda ser lo que le salga del ciruelo, o de la breva. Otro trino cantaría si su señoría, un suponer, fuese del Opus, o afgana, o naciese allende el estrecho de Gibraltar. Entonces sí, entonces sí que le echaría usted un par de ovarios. Puede -aunque uno ya no está para esos trotes- que hasta despertara en mí cierto interés venéreo. A despecho de mi disfunción eréctil, lo que sí despertaría sería toda mi admiración, todo mi aprecio, incluso le votaría. No siendo así, el que usted vaya a vela y a vapor, o entremezcle carne con pescado, me la trae al pairo. 
 Ser mujer, o ser hombre, no es más que una cuestión de los espermatozoides; ser bisexual, o ser “hetero”, no es más que una cuestión de cada cual; y ser feminista, aunque usted no lo conciba, no es potestad de ningún género. Eso sí, entre usted y un servidor hay dos notables diferencias: ni soy político, ni soy demagogo (perdóneme la redundancia). 
 Todo movimiento radical termina atentando contra el espíritu fundacional que lo inspiró; usted debiera saberlo que es de letras. Así que no se pase de frenada con el feminismo. Si la imbecilidad es tendencia, en los políticos – sobre todo en los de ahora- es vanguardismo de pasarela. Y fíjese que no hago distinción entre izquierdas ni derechas. Tanto monta. En política, en nuestro país, stultorum infinitus est númerus. 
 Déjese pues de trinar para los suyos; déjese de posverdades, la droga dura de este siglo; déjese de tuits, la imbecilidad concentrada para alimento del vulgo. En la urdimbre de la vida solo cuenta el percal que consigamos cada cual. Y en su caso, además, el que pueda tejer un país más próspero, más educado, más culto, más respetuoso, mejor avenido. El que su señoría se refocile con quien se le ponga más a tiro, en España, a estas alturas del siglo de XXI, nos importa tres pepinos. Tres almejas, si le va más este símil.