El rijoso

Insondable la muerte, que nadie ha experimentado antes y que proviene de la vida; insondable la vejez, que proviene de la ligereza de Hebe, hija de Zeus, encargada de rellenar la copa de la lozanía; insondable la lujuria, que proviene del estremecimiento de Afrodita, hija de la espuma del mar y el semen de Urano… 
 Me siento como aquel matusalén que conocí en Caracas: tenía fama de rijoso. Se apostaba en el parterre de su vivienda y piropeaba a las muchachas que pasaban. “Es un viejo asqueroso”, me había dicho mi mujer. Así que me planté en la puerta de su casa para recriminarle su conducta. 
 “¿Te apetece un ‘guayoyito”?”, me recibió cortés. Me había franqueado la entrada del zaguán y ahora, mientras me servía el café, me franqueaba también la de su alma. “Los viejos también fuimos hijos de Apolo -me dijo-, personas sin manchas en la piel ni arrugas en las manos, criaturas de extremidades rectas y mirada limpia. Seres decentes: el amor no se considera un sentimiento honorable en el otoño de los hombres”. 
 Tenía ganas de hablar, se le notaba. El que habla mucho, pensé, es porque no quiere que le pregunten. Así que le restregué mi determinación sin miramientos: “¡Y ni una grosería más, okey!, ¡qué vaina es esa!, ¡no ve que puede ser su abuelo!”. Sus abominables requiebros obligaban a mi esposa a dar un rodeo para entrar y salir de casa, porque ella le tenía asco. Vivíamos en Caracas. Teníamos a la sazón veinticinco abrileñas primaveras. 
 Él intentó justificarse. “La mente no envejece –me dijo-; el amor no tiene acta de nacimiento ni fecha de caducidad, puede surgir en cualquier momento; y además yo no soy Orígenes, que se autocastró en un arrebato de ascetismo; ¿qué nos queda a los mayores? –sentí como si fuese él quien me increpara- ¿ponernos a observar nuestros lunares?, ¿prepararnos para la muerte?, ¡yo no, yo quiero servir a Eros hasta el estertor final!”.
 Después, más reposado, me dijo que la sexualidad no era únicamente un encuentro sexual, sino una expresión más del amor, como la ternura, el respeto, o la consideración por el otro”. Me dijo que en la edad madura los “asuntos del querer” eran más sensatos, aunque él no lo hubiese sido al florear a mi señora. Y me dijo: “De los cinco sentidos, el que más perdura con el paso de los años es el tacto”. Paparruchas de viejo verde, pensé para mis adentros.
 ¡Ay!, han pasado ya más de tres décadas. La estigmatización de la vejez la estoy padeciendo en carne propia. El otro día, sin ir más lejos, quise lisonjear el contoneo de una Lolita –del escorpión picar es su naturaleza- que trae a todo dios en el barrio de cabeza. “¿Traes muchas bolsas?”, me preguntó sonriente. Y –más corta que perezosa- se me metió en el coche…
 ¡Maldita sea, aquella descarada solo quería ayudarme a bajar la compra del súper! “Para eso me silbaste, ¿no?”, me preguntó. “Sí, claro”, le contesté. Y me sentí como aquel matusalén que reprendí en Caracas…