El amante perfecto

El amante perfecto

El otro día cené con una amiga a la que le llevo, por lo poco, veinte otoños de indecencias. Una mujer de su tiempo. Es médica, tiene plaza propia y gana más pasta que la mayoría de los hombres que la rodean. “A veces pienso que quedas conmigo para presumir”, le digo tras ordenar al metre un blanco heroico de la Ribeira Sacra; después puntualizo: “Para presumir de marido, me refiero; a ver si te casas que yo no voy a vivir siempre”. Ella me sacude un puntapié por debajo de la mesa -conoce de sobra mi historial clínico- y me replica con un escorzo de pantera: “Sé conectar el ordenador con el televisor, subir el diferencial de la luz cuando salta, desatascar el fregadero con el bote “turbo active” de sosa cáustica, y para el resto le pago al chispas, al alicates, al tuercas o al homologado de turno; también sé defensa personal, poseo un arsenal de insecticidas que me protegen de toda fobia y estoy abonada a Securitas Direct. ¿Para qué quiero un cerdo en el sofá? ¿Para aguantarle las apneas, el meteorismo y los enfisemas?”
 Tiene embrujo, viste street style y, que yo sepa, su feminidad nunca ha estado en entredicho; los laboratorios farmacéuticos la traen de hotel en ponencia y de jornada en congreso; admirada por su familia, reconocida por sus pacientes, respetada por sus colegas se diría que está en un momento dulce de la vida si no fuera porque (lo sé) le falta el medio pomelo que le amargue el día a día. Lo sé porque “la lingua batte dove il dente duole”, y ella no hace más que rajar y rajar de un supuesto amante, y asegurarme que está “muy bien servida gracias”. 
 “Llegué de Roma justo para pasar en Galicia el carnaval”, me cuenta, y me muestra las fotos del disfraz. “¿Y tu amante? –la pincho- ¿Es que nunca te acompaña?”. “Claro que sí –me da de ojo-: me lo llevé a Chicago, a Berlín, a Bogotá…, es un encanto en serio, siempre está ahí cuando lo necesito, no es celoso, sabe complacerme cuando llego a casa agotada después de una guardia o irritada tras cantarle las cuarenta al jefe del servicio o achispada después de a hacer el tonto por ahí hasta las tantas los fines de semana y recurro a él, siempre está dispuesto, no tiene pudor de ningún tipo, no es egoísta, no se preocupa solo de sí mismo, nunca tiene prisa, es capaz de hacerme el amor a la romana (empezar en la noche y terminar por la mañana), sabe explorar mis marismas, anegar mis humedales y el ritmo lo marcamos juntos. Y sobre todo, sabe escuchar”.
 Ya jodería que además fuese bien parecido, simpático, inteligente, sincero, fiel, solidario, comprensivo, que le gustasen los animales, cooperase con alguna ONG y estuviese emparentado con la realeza... Ni que me leyera el pensamiento. “Yo me conformo con que me dé empoderamiento –me mira encogiéndose de hombros-, y me procure orgasmos encadenados hasta el éxtasis”. Casi me atraganto con el vino. “¿Es español –pregunto impresionado- ese infatigable conejo Duracell?”. “No, es chino creo, pero funciona con pilas alcalinas de 1,5 voltios”.