Opinión

Ars amatoria

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Ars amatoria

Nada hay tan estruendoso como la conversación de dos enamorados que guardan silencio. Las personas que sienten mucho hablan poco. Ocurre que, como el humo, el amor no se puede ocultar; a veces, como se aventa el grano para separarlo de la paja, incluso conviene airearlo a los cuatro vientos.

El amor no tiene códigos ni escapatoria: es una balacera sin chalecos antibalas de la que nadie sale indemne. Nadie está a salvo en el amor. Ovidio, dos mil años no es nada, ya lo decía in illo tempore: “Yo me someteré al amor aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas”. (Ars amatoria, El arte de amar)

Allende la cordura, en donde el neonato astro rey subyuga al altivo monte Fuji, también lo dicen los nipones: “En el amor, los negocios y la guerra todo vale”. El amor no tiene honor; ni siquiera para quienes, por honor, se sajan en harakiri. Extraño el sentimiento amoroso de los humanos, que siendo la mayor de sus riquezas puede devenir en la más infausta de las penurias: el ser que ha de mendigar amor es el más miserable de los seres. 

Hay cuatro cosas que no vuelven, dice el proverbio: la flecha arrojada, la palabra ya dicha, la oportunidad desperdiciada y la vida pasada. ¿Y el amor? “Dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú dónde va?”. El poeta de las oscuras golondrinas también ansiaba saber de su escondrijo. Pero el amor no va, ni viene. Siempre está. Como el sol. La cuestión es que te elija. De nada vale que uno se afane en ser un urdidor de azares.

El amor, como el sol (es la tierra la que gira en su procura), siempre nos está aguardando; es caprichoso, se aleja si lo persigues como la sombra; es “blue”, como la más triste melodía de Richard Clayderman; y, como el planeta en que vivimos, para verlo resplandecer en toda su hermosura lapislázuli, es preciso subir hasta la luna. El amor, como tú, bella Afrodita, nacida del esperma de las olas, altera el cauce que fluye por mis venas. Eres un sol, “mi” sol, rayo, calor, luz, cuerpo celeste, y yo el más envidiado de los satélites que te rodean.

Atraído por tus virtudes descubrí tus vicios. Gracias por pervertirte conmigo. Si el amor es la más bella de las artes, tú eres la mejor de las amantes. En el regazo inconmensurable del universo, cuando todo se haya detenido, solamente nosotros estaremos. Jamás te olvidaré. Así en la tierra como en el infinito.    

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