Opinión

PERMISIVIDAD

La permisividad es una de las realidades que nuestra sociedad aprecia con gran sensibilidad. Generalmente se la considera un valor. En la práctica viene a identificarse con la tolerancia. Y se entiende como uno de los elementos integrantes de la libertad.


Luego resulta que se confunde con hacer lo que a uno le apetece, con dar rienda suelta a los más diversos antojos, con ambicionar lo que pueda procurarnos un placer inmediato, con que nadie se interponga en nuestros deseos, con que todo el mundo pueda hacer simplemente lo que quiera...


En la práctica, casi todo se considera indiferente. Su cualificación moral dependerá, según lo que muchos piensan, de lo que represente para las conveniencias personales. En definitiva, el individuo se constituye, muchas veces, en la norma moral definitiva y suprema de comportamientos, actividades y actitudes.


En concreto, se toma el bienestar personal como base para la evaluación de las acciones, de los ambientes, de las cosas... El bienestar que se puede experimentar de inmediato, claro está. El bienestar que se disfruta ya. El bienestar que satisface nuestros sentidos y provoca un estado de ánimo placentero. Un bienestar individual y con abundantes componentes sensualistas.


Así procuramos integrar la abundancia, el goce, el placer, el éxito... A poder ser, como situación normal y permanente.


¿Cuáles son los resultados de un esfuerzo intensivo en esta línea? ¿Nos sentimos verdaderamente satisfechos? ¿Así maduramos como personas? ¿Son beneficiosos estos planteamientos para la transformación positiva de nuestra sociedad?


A mi me parece que esta permisividad, así entendida, engendra indiferencia; y la indiferencia produce gangrena en las relaciones humanas. Esta permisividad tiende a enroscarnos sobre nosotros mismos; y el egoismo recorta los horizontes más vigorosa y fecundamente vitalizadores. Esta permisividad abre un proceso incontrolado de relativizaciones; y la relativización exagerada bloquea los caminos de la identidad personal.


Así que no nos hacemos demasiado problema en connivencias con factores negativos. Prestamos aquiescencia a extorsiones deshumanizantes. Otorgamos nuestro consentimiento a conductas destructivas. Damos carta blanca a insospechados abusos.


No quiero decir que abunden estas actitudes o que sean muchos lo que hacen expresamente estos planteamientos. Estoy convencido de que también en esto hacen más ruido distorsionante los menos que buena música los más. Pero la presencia de los pocos casos que se dan en nuestro ambiente urge nuestra reflexión y ha de estimular nuestra reacción. Una sola muela infectada no significa que todo el cuerpo esté podrido; pero todo el cuerpo se siente mal. Y, desde luego, no podemos descuidarnos pensando que se trata sólo de una muela. Lo peor que nos puede pasar es no reconocer los males que nos afectan, porque entonces nunca buscaremos remedio.


Los desajustes producidos por tal permisividad patentizan la necesidad de un ordenamiento interno verdaderamente maduro. Rehuimos con facilidad todo lo que suena a disciplina, orden, docilidad, obediencia, sumisión, norma, subordinación, método...Pero sabemos bien que lo que nos realiza no es la dispersión que produce la permisividad desordenada, sino la integración responsable y progresiva del don múltiple de una existencia proporcinada y estimulantemente ordenada.

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