Opinión

Austeridad

En este nuestro mundo de culturas que aprecian tanto el consumismo, la palabra austeridad apenas se encuentra en el vocabulario normal que todos utilizamos. La austeridad es pariente cercana de la sobriedad. Ambas nos sitúan en el campo reducido de lo necesario, apartándonos de lo superfluo. Y nos empujan decididamente hacia la integridad.

Muchos prefieren el derroche: la abundancia en la posesión de las cosas, el despilfarro, el gasto excesivo e innecesario, el placer de dilapidar, prodigarse en la disipación, reiterarse en la barrumbada de la ostentación, propagarse en una prodigalidad ostentosa, dejarse arrastrar por la profusión de lujos provocativos, gastar sin medida, malbaratar pródigamente. A lo mejor, no tienen pero querrían.

Nos brindan a menudo pretendidas justificaciones, y las buscamos por nuestra cuenta; acallamos la voz íntima de nuestra conciencia y los aguijoneos apremiantes de nuestra sensibilidad; amortiguamos los estímulos de cuantos intentan humanizar los dinamismos más poderosos de nuestra sociedad; ralentizamos procesos efectivos de superación. Y flotamos tan tranquilos en el lago ampliado de nuestras justificaciones baratas.

Nos hemos habituado a tener más, y nos las arreglamos difícilmente con menos. Tememos que peligre nuestro disfrute si no disponemos de recursos superabundantes. No sabemos defendernos si no contamos con bienes sobrados. ¿También en épocas de crisis profundas?

La austeridad es otra cosa: valorar las cosas en su verdadera medida; centrar la preocupación en lo que merece la pena; ajustar apetencias, necesidades, posibilidades; conformar con realismo las aspiraciones; no perderse en vacías autarquías; adaptar de manera adecuada las propias energías; asumir disciplinadamente las exigencias reales de la maduración propia; aceptar las propuestas de bienestar con una consciente responsabilidad; ampliar con sobriedad las propias oportunidades; ejercer el dominio de sí para lograr una copiosa felicidad para todos.

Te puede interesar