Opinión

El problema de Vigo con la Xunta

Señalaba hace algún tiempo Alberto Núñez Feijóo como el principal problema de la Xunta con Vigo su dificultad para transmitir sus actuaciones y decisiones, que a menudo –explicaba- o no llegan a la opinión pública o lo hacen de forma desenfocada o distorsionada. De esto mismo se queja, no sin razón, el conselleiro Javier Guerra cuando observa que sus esfuerzos visibles en gestiones y dinero por salvar el naval y la automoción a menudo acaban siendo despachados como pura acciones rutinarias. Y no lo son, no tan sólo porque se trata de dos sectores estratégicos para Galicia, sino porque Guerra es vigués y se nota.

Feijóo y Guerra no tienen que sentirse especialmente amargados, porque se trata de un problema que otros gobiernos han sufrido y que viene de lejos, fundamentado en razones objetivas y sensaciones subjetivas.

Entre las primeras, la enorme y visible diferencia en el trato entre el norte y el sur de Galicia, que hoy en día se puede concretar en hechos tan sangrantes como el puerto exterior coruñés (un saco sin fondo de millones para una obra poco práctica), la Ciudad de la Cultura compostelana (un mausoleo carísimo y sin sentido, que no añadirá nada a la oferta cultural y turística de Santiago) y sobre todo, la construcción del AVE Ourense-Santiago-Coruña, mientras la línea Ourense-Pontevedra-Vigo tendrá que esperar al menos otros ocho años más, y siempre que Ana Pastor consiga los fondos necesarios. En este potaje hay que añadir los aeropuertos, cuya gestión ha sido mal planteada. Cierto que de todo ello sólo dos asuntos competen a la Administración autonómica (Ciudad de la Cultura y sólo en parte la promoción de las rutas aéreas) pero el fondo que queda es un reparto injusto entre el norte y el sur de Galicia. Un desequilibrio que fue especialmente visible en el pasado, con otros presidentes.

Y ahí vienen las sensaciones subjetivas, esa desazón sentimental de hijo cruelmente maltratado por una madrastra injusta. Por el Gobierno del Estado y por el de Galicia. ¿Es cierto? Quizá no, y con las cifras en la mano mucho menos ahora, pero las encuestas señalan un malestar permanente. Y Abel Caballero -jugador de ventaja- se aprovecha, claro.

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