Opinión

el momento crítico

Es posible que dentro de algún tiempo, cuatro o cinco años quizá más, echemos la vista atrás para constatar que fue ahora, en este momento preciso, cuando Vigo comenzó de verdad a venirse abajo, a caerse, como sostiene el presidente de la CEP como optimista bien informado. Coincide el “no” europeo a que el puerto sea principal –que hay que endosar a Blanco y Laxe, y desde luego a Caballero, quien estuvo amagando con que era un error subsanable- con el bloqueo a la puesta en marcha a la autopista del mar y a una solución para financiar la construcción naval, también pendiente de Bruselas. Añadamos el fiasco de la fábrica de Mitshubishi y la caída de producción de la factoría de PSA y como colofón la situación agónica de la entidad financiera que fue viguesa. A todo ello hay que añadir la paralización absoluta de la construcción –de nuevo en parte gracias a la decisión de Abel Caballero de cambiar el PGOM, que agravó la crisis generalizada- y la falta de impulso comercial, con el desvío de grandes infraestructuras a Coruña, como el segundo Corte Inglés –que iba a instalarse en Alcabre hasta que se cambió el Plan de Urbanismo- o Ikea, entre otras grandes superficies.

Abel Caballero no es culpable de la situación de Vigo, pero como alcalde no ayuda a salir del atolladero, sino al contrario, y la mejor prueba es su falta de gestión, la decisión de dedicar buena parte de las inversiones municipales a aceras y de sus esfuerzos a bloquear proyectos de la Xunta como la Ciudad de la Justicia o el hospital, mientras se comporta como un señor feudal en el área metropolitana, con el resultado de que el resto de alcaldes no lo quiere ver. Y no obstante, ayer logró el visto bueno del BNG a sus cuentas, lo que confirma que el grupo nacionalista ha decidido priorizar sus intereses antes que los de la ciudad. Ayer volvió a decir Santi Domínguez que no era un cheque en blanco pero no sé cómo se puede calificar entonces el apoyo decisivo a la investidura y a los presupuesto, las dos votaciones claves.

Vigo necesitaría un gobierno amplio, incluso de concentración, capaz de formular un programa para tratar de salir del fondo, ahora que quizá sea aún posible. Para ello haría falta mucha generosidad y sobre todo viguismo del bueno. Me temo que nada de ello hay.

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