Vivir en la naturaleza

Vivir en la naturaleza

Qué gran placer produce, al menos a mí, el vivir unos días en medio de la naturaleza! Dormir con el trino de los pájaros, arrullados con el oleaje del mar, con el aroma de una flora a la que se ve crecer de día en día, el canto de infinitos pájaros y aves y el ruido que producen los ciervos al chocar con sus retorcidos cuernos. Siendo todo esto delicioso para mí, es incomprensible que la gente para descansar e irse de vacaciones acuda a lugares de bullicio, de polución ambiental, botellas llenas de alcohol, fiestas y jolgorios sin fin. Pocos acuden al campo en busca de sosiego y del tan necesario remanso de paz. Es la moda actual que incluso pide créditos para irse de vacaciones a los lugares más lejanos agobiándose con esperas en los aeropuertos, retorciendo el cerebro para entender el idioma y cansando el cuerpo de tanto trajín. Pero, eso sí, a la vuelta llegan presumiendo de los miles de kilómetros recorridos, el bronceado de la piel y contando miles de historias entre las que se mezcla algo inventado para quedar como muy bien y si se puede causar envidia pues mucho mejor. ¡Es la moda!
 Creo que ya les conté aquí un día que mi querido colegio de Salesianos organizaba todos los años una excursión con todos los alumnos. Aquel año, el llorado Don Manuel Rodríguez, que era el director, nos anunció que íbamos a ir ¡a Carballiño! y la alegría que se armó fue tremenda. Que se lo digan hoy a los actuales alumnos que son capaces de cualquier cosa. Hay que salir bien lejos mientras la gran mayoría desconocen las incontables maravillas de los pueblos de esta tierra.
Las navidades pasadas tuve la gran oportunidad de vivir en medio del calor, pero también en el centro de una frondosa vegetación rodeada del agua del delta de La Plata. Y aquello es relajante y reconforta al contemplar como la naturaleza va a más todos los días. Puedes estar sentado y mirar en derredor incontables clases de plantas y el aroma que satisface y el aire fresco y limpio que reconforta. Si uno quiere descansar, ése es el camino. Lo demás embota el cuerpo y distrae los sentidos.
Siempre he dicho, y de verdad lo siento, que me falta una experiencia que considero única y es haber sido cura de pueblo en medio de una aldea sin exigencias ni protocolos asfixiantes. Poder visitar los pueblos de cada feligresía y deleitarse con esos consejos tan sabios de personas que sin haber pasado por la universidad poseen un sentido común y don de consejo únicos. Bien creo que tantas cosas que poseemos en la ciudad nos impiden ser equilibrados, sensatos en el juicio y ponderados en los consejos. Nos falta tiempo para reflexionar reposadamente.
A lo mejor hasta me están llamando romántico, utópico o ¡qué se yo! Y tal vez con las coordenadas de quien así me juzga hasta va a tener razón, pero la realidad es otra. Estamos acabando la primavera que dura hasta que llega el verano. A medida que pasan los años uno posee más ganas de gozar del medio ambiente y disfrutar de aquello todo sin sofisticar; donde el tomate sabe a tomate, la lechuga hace la verdadera ensalada y el pollo es un pollo. Todo lo que tenemos en los grandes centros comerciales, después de haber pasado por el frigorífico y la manipulación que mantiene los productos días y meses y que los lleva Vd. a casa, al día siguiente ni saben a nada ni se conservan ni sacian.
Por eso, y terminando, yo hago un canto a la naturaleza y agradezco las enseñanzas del actual papa, que es un gran defensor del medio ambiente y promotor incansable de su cuidado. Lo demás es estar cargándonos poco a poco todo aquello que la naturaleza tan sabia nos ha dejado a nuestro alcance para nuestro disfrute y que nosotros con nuestro consumismo estamos destrozando.