Un libro, una rosa y un café

Un libro, una rosa y un café

Diumenge 23 d"abril, feste major, diada de Sant Jordi”. Madrugueros como gallos nos plantamos en las Ramblas para sorprender al “Día de la rosa”. El orto -"Catalunya ens roba" a los gallegos los albores- aquí juega con ventaja. Ya empezaban a llenarse las aceras. Rosas, rosas, rosas. Libros, libros, libros. Ramblas, ramblas, ramblas. “Tenéis que verlo”, nos habían dicho. Y allí estábamos, agasajándonos mutuamente mi mujer y yo: un libro por una rosa. 
 No era el Corpus gallego. No había pétalos de flores en las calles. Ni alfombras. Ni procesiones. Solo rosas. Rojas. Y libros. A millares. San Jordi mató al dragón, de la sangre nació una rosa roja que el caballero ofreció a la princesa… leyendas y enamorados nunca decepcionan. 
 Nos desayunábamos con una dieta mare nostrum cardiosaludable: pa amb tumàquet, café y zumo de naranja. El hombre entró casi de puntillas, como una bailarina, pero por el rabillo de ojo enseguida lo intuí un don nadie: “Tengo que pedirle un favor –se dirigió a la camarera en educadísimo castellano-, ¿podría ponerme un café?”. Alcé la vista. Iba vestido de forma respetable. “No tengo dinero”, añadió.
 Dándole la espalda, la camarera se puso a trastear en la máquina con los filtros y vapores. Yo estaba incómodo. Mi mujer leía las noticias. El hombre miraba ausente cuando… voilà: el café, al lado un cruasán, apareció en la barra. “Gracias –musitó el hombre- no sé si algún día podré pagarle”. “No se preocupe –le sonrió la camarera- ya lo anoto en un libro que nadie va a encontrar jamás”. Dios mío, quién dijo que los catalanes eran cutres... 
 El "ninguén" terminó su desayuno, volvió a dar las gracias y se fue: mirar huidizo, andar inseguro, semblante macilento. Aspecto de persona culta. Le calculé 70 años. Busqué la complacencia de mi esposa pero solo vi el periódico, ella ya corría en pos del pedigüeño. Lo alcanzó en la calle. A través de la cristalera de la cafetería, les leí los labios:
 -Tenga –le dio un billete de… euros- para que tome otro cafecito cuando le apetezca.
 -¿Es usted testigo de Jehová?
 -No.
 -¿Por qué tanta bondad? 
 -… (sonrisa)
 -¿Usted no es de aquí, verdad?
 -Soy gallega.
 -Ahora lo entiendo… 
 -¿Y usted de dónde es?
 -Soy de Madrid. 
 -Pues encantada -y le regaló la rosa que yo le había intercambiado minutos antes-. Feliz día de San Jordi.
 -Es usted un ángel -dijo él, y, gentilhombre, le besó la mano-. 
 Dos mujeres. Tres idiomas. Un solo corazón. Aquella misma noche jugaban en el Bernabéu las dos Españas -al final no se conocen-, o las dos "naciones" qué más da, el nombre no hace la grandeza, ni los colores de una bandera, per se, otorgan la gloria, sino la bondad de sus gentes. Ninguna persona es ilegal, aunque sea pobre. El gozo de ganar no es comparable al de que, por enfrentarse a un tercero, sucumba el oponente. Espanya versus Catalunya es una entelequia. Resulta que, al final, el Madrid perdió ante el Barça. Eso era lo de menos. Sentí que éramos todos diferentes, pero que teníamos una sola alma.