Tristísimo sainiete nacional

Tristísimo sainiete nacional

Los que estamos fuera del país vivimos en una continua perplejidad o, si quieren, pongan zozobra o el calificativo que más gusten. Al contemplar la situación sociopolítica que atraviesa la nación española nos vienen a la cabeza incontables calificativos. Y por ellos preguntan los extranjeros. ¿Qué pasa en España? ¿Qué malas brujas se han introducido para crear una crispación y unos titulares cada día más llamativos? Bueno, las brujas son todas malas, digo yo, si me dejan, ya vayan con o sin escoba merodeando por los aires… Porque son incontables los temas que están creando la situación. Para empezar, el más grave es el de la Justicia. Desconozco quién debe pagar las célebres hipotecas, aun cuando me gustaría que la mía la pagasen otros. Pero el tema grave es la inseguridad y el golpe que se le está asestando a la Judicatura.
Se entiende que la Justicia de un país es algo casi sagrado y que debe ser ella la que ponga siempre las cosas en su sitio. Al poder judicial le debiera honrar el equilibrio, la certeza, la seriedad y sobre todo la ponderación a la hora de interpretar lo que emana del poder legislativo. Cuando ocurren esos vaivenes que está sufriendo se están socavando lo cimientos más serios de un país. ¿A quién vamos a acudir? Quisiera creer que sus decisiones nunca estuviesen a merced de ningún otro poder nacional y menos aún al socaire de lo que convenga a cualquier sector social, sea la banca o el que fuere. ¿Ha habido presiones? Quisiéramos creer en su imparcialidad, nos gustaría creerlo. Pero la gran masa del pueblo tiene sus desconfianzas. ¿Quién se las va a retirar cuando contemplan que un día dicen sí y al siguiente lo contrario?
Ante la alarma nacional e incluso internacional sobre el estado de la Justicia en España, se suman también resoluciones de algunos países de Europa que son de todo punto criticables. Van o pretenden ir contra el prestigio de nuestra Justicia. Y si ahora se suma esto más argumentos poseen tanto los catalanes como el mismo Arnaldo Otegi. Tras la célebre reunión del Tribunal Supremo ha habido múltiples reacciones. La Asociación Profesional de la Magistratura calificó de “lamentable gestión” admitiendo que “es comprensible que haya causado desconcierto en la opinión pública y un profundo malestar en quienes se ven afectados por su contenido”, rechazando “especialmente las críticas de algunos responsables políticos”.
Uno de los magistrados reconocía: “Nos hemos metido nosotros solitos en el lío”, y el presidente Carlos Lesmes afirmó rotundo tras haber pedido disculpas la semana anterior, que lo dictado por los 28 magistrados: “Que no tenga dudas la sociedad, que actuaron con absoluta libertad e independencia de criterio con las reglas del juego en nuestro Estado de Derecho”. Con todo, sigue siendo muy triste que el Supremo cambie de jurisprudencia dos veces en 15 días dejando una sensación muy mala. 
La situación bien creo que es fruto de un estado general en el que faltan criterios firmes y contenidos serios creando un ambiente muy voluble que fomenta el malestar general que nunca es bueno para la sociedad. Lo dicho, un triste sainete del que falta la segunda parte o muchas más, pero dejemos para el jueves siguiente las connotaciones políticas de esta situación. Estando así las cosas lo demás viene por añadidura en una sociedad que prima el tener sobre el ser y en la que nada es cierto ni mentira, sigue siendo según el color del cristal con el que se mira, siguiendo la célebre poesía de Campoamor (1817-1901).