Opinión

Ramón Búa, un pastor discreto y sencillo

Ya es coincidencia que en una semana se mueran dos obispos en la residencia sacerdotal de Vigo. Los dos eméritos y ambos con larga enfermedad.

Don Ramón Búa Otero que había sido obispo de Tarazona y más tarde de Calahorra-La Calzada y Logroño era un gallego que ejercía como tal y que destacaba por su discreción y sencillez. En su época como sacerdote y canónigo de Tui-Vigo desempeñó una gran labor en el Seminario pero sobre todo en la catequesis llegando su influencia a las diócesis gallegas y al Concilio Gallego en el que fue pieza básica y un punto de referencia, entonces, para la enseñanza religiosa en Galicia.

Abandonó su querida tierra y la parroquia de la Concatedral viguesa para realizar su ministerio episcopal siempre con esa tónica de sencillez y cercanía muy propias. Se hacía querer por ello.

Recuerdo muy bien dos visitas que hizo a Lisboa en las que tuve el placer de acompañarle y enseñarle esta hermosa Ciudad de la Luz. Pasamos una cena oyendo fados en el barrio de Alfama y le vi disfrutar porque era una persona a quien le gustaba el arte y la cultura así como viajar y descubrir realidades nuevas. Su mente era abierta, su inteligencia perspicaz y su interés por las cosas, sumo. Así como un fino humor gallego al que nunca renunciaba.

Aquel fatídico accidente que le marcó para todos sus días le hizo renunciar a su diócesis y volver a Vigo. Con paciencia sin límites pasaba los días en la residencia sacerdotal viguesa viendo como sus facultades mermaban, su voz no respondía a la inteligencia y su físico se deterioraba poco a poco. Contemplaba su colección de búhos y recibía con cariño a cuantos le visitábamos.

Viene ahora a mi memoria su diócesis de Calahorra y aquella madrugada del 3 de agosto de 1980 cuando a hombros introdujimos el cadáver de su antecesor D. Abilio del Campo en la catedral Riojana. También su enfermedad, agostándose poco a poco y perdiendo facultades físicas y el habla, y la muerte de aquel obispo oriundo de Burgos fue similar a la de Monseñor Búa.

En la última visita que le hice a Don Ramón en la ciudad olivíca descubrí al hombre de fe que sabía cargar con aquella pesada cruz de la enfermedad y que aún le quedaban ánimos para recordar y revivir conmigo las experiencias lisboetas de hace años.

Sin duda alguna, y como fruto de los parámetros en los que siempre se movió, su cuerpo quiso que reposase en su parroquia de Arousa en medio de su pueblo y con la humildad que le caracterizó.

Descanse en paz el diligente pastor, fiel sacerdote y entrañable amigo.

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