Los paralímpicos

Los paralímpicos

M i buen amigo José Barbero, gran impulsor del minibasket a nivel nacional y con quien colaboré estrechamente en mis años jóvenes promocionando este deporte en Ourense, falleció hace dos años. Yo le visité en Madrid a él y a su entrañable esposa Helena, también fallecida. Fue un periodista y entusiasta del deporte de la canasta de la mano del entonces presidente de la Federación, Anselmo López, quien me apadrinó en mi primera misa. Pepe Barbero era incapaz de vivir sin el deporte y, por diversos avatares, dejó el baloncesto y se convirtió entonces en el santo y seña de los paralímpicos. Me habló tanto y bien de este deporte que consiguió que me interesase por él.
Acabamos de ver el éxito obtenido en Río de Janeiro y, el gran Barbero, desde su lugar de paz y sosiego, estará feliz, muy feliz. Y tendrá toda la razón porque es muy meritoria la labor que han realizado en diversos deportes en la ciudad brasileña. ¡Qué alto han dejado el pabellón español! Pero me da la impresión, digamos la certeza, de que estos tan meritorios deportistas son tratados como de segunda categoría, olvidados e incluso marginados si comparamos los dispendios que han supuesto las olimpiadas. Éstos, como olvidados y por supuesto sin la parafernalia de aquéllos. Personalmente lo considero muy lamentable. Porque es necesario considerar que el esfuerzo realizado por los paralímpicos es sobrehumano, infinitamente superior a los otros. La reflexión es muy clara al menos para mí. Son personas muchas veces de un nivel humano, espíritu de lucha y esfuerzo personal increíble. Primero psicológicamente han tenido que superar muchas barreras de marginación y después saben suplir sus minusvalías de una manera asombrosa. Es por ello por lo que merecen incluso más valoración que aquellos que con sus facultades físicas a tope han luchado en Rio anteriormente. Y es injusto que se les trate de forma inferior.
Aquellos baloncestistas en silla de ruedas, los otros a los que les faltan miembros, unos con síndromes variados… todo un elenco de ejemplares con una labor meritoria. Y a nivel española han cosechado muchas más medallas que quienes les precedieron en los diversos estadios. Un total de 28 preciados galardones que es todo un récord. Regresaron a casa y los merecidos aplausos fueron menos.
Bien pudiéramos meditar en la lección de todos estos deportistas ejemplares. Y, sobre todo en el inmenso valor del esfuerzo personal en todos los campos. Quien se niega a luchar y espera a que le traigan a casa los títulos o la nómina, los méritos y los premios, nunca será nada en su vida. Para nada sirven los indolentes y aquellos que se echan atrás ante cualquier dificultad o el menor obstáculo. Para esta clase de personas son un contundente ejemplo los paralímpicos.
Porque vivimos en un tiempo en el que parece que todo nos lo dan hecho, fomentando en la juventud y en los demás una vagancia fuera de serie. Los adolescentes, por ejemplo, y cuantos estudian hoy en día en nuestros centros educativos, en gran parte se guían por la ley del mínimo esfuerzo. Le recriminaba yo a un alumno muy capaz que debía luchar siempre por el sobresaliente. Me respondió que el estudiaba para aprobar y nada más. Llegó a la selectividad y pretendía entrar en una carrera en la universidad y la nota media era baja, por lo que tuvo que cursar lo que menos gustaba. Y de estos casos hay muchos.
Sigue siendo cierto el principio que sostengo siempre de que en la vida hay que tratar de ir a más siempre. Y eso a todos los niveles.