El transfuguismo

El transfuguismo es un mal endémico que ha sucedido y sucede en política desde la antigüedad y también en otros campos de la sociedad. Personas que cambian del “digo” al “Diego” con gran facilidad. Digamos antes de nada que suscribimos el dicho latino de “Sapientiis est mutare consilium” y hay ejemplos claros a lo largo de la historia, como Winston Churchill (30-11-1874 – Londres, 24.01.1965) en Inglaterra. Fue célebre en España aquel célebre “Tamayazo” en la Asamblea de Madrid en el año 2003 y que dio al traste con las aspiraciones de Rafael Simancas, eligiendo a Esperanza Aguirre. A raíz de aquello y en el calor del revuelo se redactó una ley antitransfuguismo que después, pasado el tiempo, se fue postergando e incluso eliminando alguna parte de la misma. En agua de borrajas quedó aquello con argumentos en pro y en contra. El 27 diciembre de 2017 el Tribunal Constitucional elimina una parte de la Ley Electoral y, con anterioridad, el 13 septiembre de ese mismo año, el mismo Tribunal declaró fundada en parte la demanda de inconstitucionalidad contra la llamada ley antitransfuguismo
Porque está clara la libertad de las personas para, tras su equilibrada reflexión, poder cambiar de orientación. Lo que ya es más complicado es que el elegido pase a otra formación politica dentro de la misma institución para la que ha sido elegido. Pero aquí entra en juego la conciencia de las personas, la fidelidad y sobre todo la coherencia. Un partido se esfuerza incluso económicamente para promocionar a una persona y, pasado el tiempo, ésta cambia de signo. Esta postura cuando menos es chocante. Los partidos politicos están llamados a saber elegir y medir en su justo punto a los elegidos. Creo que una formación politica debe basarse en dos bases fundamentales: la imagen y los contenidos. Uno sin el otro descalifican al elegido.
Hasta aquí la doctrina que creo debiera sostenerse. Pero estamos viendo en muchos lugares del país que, ante la convulsa situación politica, se están produciendo sorprendentes cambios difíciles de comprender. Y grave sería que esas repentinas mutaciones fuesen debidas a un afán de protagonismo, que de todo hay. Porque nada digamos cuando por medio de esos cambios hubiese también incentivos económicos. Triste sería esto último si como fruto de estos batiburrillos el beneficio fuese a parar a las cuentas bancarias.
Pero aterrizando más el problema de los tránsfugas, es la desconfianza que crean en el electorado que al final, desconcertado, se queda en casa incrementando la abstención y suscitando aquello de “todos son iguales” que es muy grave. Los votantes tenemos derecho a saber elegir y sobre todo saber confiar en los elegidos, que lo son para representarnos. De aquí que lo más correcto, si un elegido llega a la conclusión de que aquello va mal, renuncie a todo y se vaya a su casa. Esa es la postura, creo yo, que indica coherencia.
Porque, la elaboración de las listas electorales es otra. Da la impresión de que esas elecciones tienen un trasfondo personal. Bien decía Rodríguez Ibarra que estaba en contra de las célebres primarias porque se presentan los mejores y los que pierden desaparecen del mapa desaprovechando valores reales en los partidos. Baste mirar este tema en los distintos partidos actuales tras sus primarias. 
En suma, que estamos en un tiempo en el que las sorpresas son continuas, los cambios impredecibles y las fidelidades muchas veces brillan por su ausencia. Aquello del refrán es cierto: “Aceptando una cartera el político don Luis, dice hacer un sacrificio: sí ¡el del país!”