Esto está que arde (y lo que arderá...)

Esto está que arde (y lo que arderá...)

Sí, esto está que arde. La insensatez de Torra ha puesto, de nuevo, a la Generalitat, y al país en su conjunto, al borde de una confrontación que a saber dónde podría haber acabado: y todo anuncia que, cuando se conozcan las sentencias del `juicio del siglo`, el `torrismo` pactado en Waterloo, que es casi `terrorismo` en su esencia política, provocará nuevos seísmos.
¿Hasta cuándo puede el Estado soportar momentos políticos como los que vivimos en octubre de 2017 y, desde entonces, casi todos los días? Y mientras, como si nada, la campaña fratricida de los constitucionalistas prosigue, impasible. Esta campaña, es de temer, traerá consecuencias, una de ellas la de agravar esa crisis política que vivimos desde hace casi cuatro años.
Preocupa el desarrollo de estos días de larga precampaña. No me parece que la imagen de la llamada `clase política` haya mejorado ni con los anuncios `digitales` de las candidaturas de los partidos, ni con los desplantes de una formación a los medios (me refiero, sí, a Vox y a su `estrategia Trump` ante los chicos de la prensa), ni con ocurrencias como legalizar el uso de armas de fuego, ni con las naderías que van desgranando los candidatos, de mítin en mítin. Ni con las polémicas sobre si se celebrarán o no unos debates que deberían ser legalmente obligatorios. Ni...
Y, mientras, ni una propuesta verdaderamente constructiva para el futuro de la nación, más allá de la política de los `decretos de los viernes`, que todos saben que no llegará a implementarse de una manera efectiva: todo se va en anuncios, en bravatas y en sal gorda contra el adversario. Nunca Franco, suma banalidad fútil de una propuesta electoral, había estado tan presente en la vida pública desde que el dictador murió en la cama hace cuarenta y cuatro años.
Lo peor, para mí, no es que no se hable del futuro, ni de la irrupción de la robótica, ni hacia dónde orientar los estudios de nuestros jóvenes para que se incorporen al porvenir; lo peor es que no se gestiona el presente. Apenas un ejemplo que puede tener perspectivas sombrías: acaba de comenzar la primavera, la más seca en décadas, y nadie parece recordar que los incendios se apagan en febrero, es decir, preventivamente. Con campañas disuasorias de malos hábitos, con vigilancia contra los que andan por ahí con barbacoas y latas de gasolina, segando hierbas y matojos que pueden actuar como teas... No consta que se hayan tomado las pertinentes medidas cautelares ante lo que puede ser un verano en llamas: nadie parece tener tiempo para esa odiosa cotidianeidad que nada tiene que ver con la conquista del poder y sí mucho con el mantenimiento del medio ambiente y de esa normalidad que es la base de una democracia sana. Nos viene una primavera caliente. Y no quiero ni pensar en el verano tórrido y en el otoño calcinado. Así que no me acuse nadie de exagerar si digo que esto está que arde. Y lo que puede arder en este país en el que los pirómanos son más que los bomberos...