Opinión

EDITORIAL: De la dinamita en el bolsillo del Gobierno a la confianza ciudadana

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EDITORIAL: De la dinamita en el bolsillo del Gobierno a la confianza ciudadana

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha asegurado a la desesperada de la que esperemos sea la última prórroga del estado de alarma en una sesión en la que, por primera vez, pidió disculpas por los errores cometidos. Teníamos la sospecha de que no se trataba de un acto de contrición sincero sino tal vez la respuesta a una realidad que ni siquiera la última encuesta del CIS se atrevió a negar: la mayoría de los españoles se manifiestan en contra de la gestión con la que ha llevado estos 70 días de poder absoluto. Esa mayoría ha ido creciendo al tiempo que desde Moncloa se reiteraban, semana tras semana, las contradicciones, cuando no errores garrafales, al encarar la mayor crisis que ha vivido nuestro país desde la Guerra Civil. 

Ahora sabemos que su petición de disculpas no fue más que un gesto tardío y sin propósito de enmienda. Es una certeza que se ratificó tras el penoso espectáculo dado al unísono por el Gobierno y los partidos que lo conforman. Esta suerte de tragicomedia ha desvelado que, mientras Pedro Sánchez mostraba su rostro más conciliador en un debate parlamentario, llevaba un cartucho de dinamita en el bolsillo que le explotó esa misma noche: por un lado, pedía acuerdo, por otro lo hacía estallar con la firma de un pacto secreto urdido entre los grupos parlamentarios del PSOE, Unidas Podemos y EH-Bildu para derogar, de golpe, la reforma laboral de 2012, como pago a una abstención. Nunca una abstención había costado tanto, por mucho que desde Moncloa traten de minimizar el hecho, argumentando que hay un error en la interpretación del acuerdo, que el presidente no lo sabía, que echen la culpa a la oposición por cerrarse en banda a la negociación o que ministros socialistas como Nadia Calviño o Ábalos se manifiesten en contra ante el silencio cómplice de Sánchez. La confianza se ha quebrado.

Con este acto, Sánchez ha revelado hasta qué extremo es capaz de llevar las cosas con tal de mantenerse en su acomodado estado de alarma. No negociaron la derogación de la “Ley Mordaza”, porque obviamente le conviene para mantener a raya a la ciudadanía mientras dura el período de desescalada. En cambio, ha sacrificado los últimos puentes que le quedaban para salvar un diálogo social indispensable para la reconstrucción de nuestro país y evitar que la debacle económica que ya padecemos hoy se convierta en una tragedia todavía mayor que la propia crisis sanitaria que hemos vivido, dado que añadirá a los miles de muertos, cientos de miles de pobres. 

¿Cuánto hemos envidiado en todo este tiempo la medida gestión que Portugal ha realizado de esta misma pandemia? ¿Cuánto hemos envidiado los acertados pasos de su primer ministro, socialista, y el mensaje del líder de la oposición, conservadora (“señor primer ministro, cuente con nuestra colaboración. En todo lo que podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte”). 

En España, nada parecido. Cada torpeza limita los movimientos que le quedan al presidente del Gobierno, cada vez más debilitado, para poder encarar con resolución la reconstrucción de España. Y esta última fue una torpeza de tal magnitud que la única manera de enmendarla pasa por la destitución de sus responsables. Solo así cabe la posibilidad del consenso tan necesario para la reconstrucción. Eso y replantear los pactos que investidura que desembocaron en este Gobierno, incapaz de mostrar unidad y acierto de criterio cuando los ciudadanos más lo precisan. 

Y lo cierto es que resulta dramático estar hablando a estas alturas de lo que debe y lo que no debe ser la política. Es desolador que los acuerdos y desacuerdos con nocturnidad y alevosía copen los titulares cuando la fundamental ahora es trabajar unidos por la rehabilitación social y económica. Y eso, como han advertido a nuestros gobernantes instituciones como la UE, el BCE o el Banco de España, ha de pasar por armar medidas económicas efectivas que restañen los daños causados en empresas y familias e incentiven el consumo interno. Existe la necesidad y un sentimiento colectivo de apoyo a los negocios de nuestro entorno. Bares, restaurantes, hoteles, fruterías, tiendas, pequeñas y grandes empresas… 

El Gobierno está obligado a generar confianza, a espantar los temores razonables de la ciudadanía y de la empresa, a respaldar ese empuje colectivo y convertirlo en motor de recuperación. Otras países golpeados por la pandemia como China, Italia o Francia, han activado diversas fórmulas como los cheques o los vales a sus ciudadanos para que la reapertura de los negocios rompa con la inercia provocada por más de 70 días de confinamiento. Existe un miedo lógico tras tanto tiempo de encierro y, de la misma manera que hubo una campaña insistente para que nos quedásemos en casa durante semanas, ahora tiene que haber otra que invite a los ciudadanos a salir de nuevo, a recuperar el contacto con la realidad, con el día a día, buscando que ese miedo desaparezca y sea sustituido por la prudencia. Es hora de impulsar la reapertura de todos los negocios, de salir a la calle y de colaborar en la recuperación socioeconómica. Si esto se hace con la debida responsabilidad y las medidas de prevención recomendadas, podríamos equiparar el riesgo de contraer el virus al de que nos parta un rayo cuando salimos a por el pan. 

En esto debería estar centrado el Gobierno. En romper el miedo, en generar confianza, en educar para una nueva situación en la que tendremos que extremar las precauciones. En los países de nuestro entorno llevan ya tiempo trabajando en ello. Aquí no nos podemos demorar un segundo más. La paciencia de los ciudadanos se ha agotado, porque su sentido común supera con creces el de políticos perversamente ensimismados en sus cábalas electorales. Los españoles ya solo necesitan un mínimo espaldarazo para dejar de lado cualquier atisbo de miedo y lanzarse a reconstruir su futuro. Los hoteles, los restaurantes, los comercios, los talleres mecánicos, las pequeñas y grandes empresas, tienen que recibir ya las ayudas, las herramientas para avanzar en el camino de la normalidad. Solo así podremos iniciar la restauración y encarar una crisis económica cuya dimensión y duración va a depender de la rapidez y transparencia con la que responda el Gobierno a los retos que nos esperan. Una vez más, los ciudadanos van por delante de quienes gestionan sus destinos.

Abramos las puertas a la normalidad, de una vez por todas. Sin miedo, pero con responsabilidad y seguridad. Y exijamos al Gobierno, también la oposición, que ponga todos los medios para que así sea, de forma inmediata. Antes de la que la economía española entre en un coma irreversible.