Opinión

AL RESCATE DE UN MUSEO

El tan esperado relevo en la dirección del Museo del Mar hace albergar esperanzas para la salvación de un museo que, en las manos inoperantes de Pablo Carreras su anterior responsable, ha languidecido sin patrón ni objetivo alguno merced a un criterio absurdo que acabó convirtiendo un proyecto hermoso y adecuado para una ciudad de honda tradición marítima en un fiasco al que el público que podría llenar sus salas a poco que se hubiera acertado en la gestión ha acabado por despreciar. Los visitantes se han percatado de que allí no había nada que ver y le han dado la espalda con todo merecimiento.


Carrera ha culpado del fracaso de su museo a la falta de fondos, responsabilizando de ello a la Xunta de quien el museo depende. Pero si bien es cierto que no abunda el dinero y la crisis se ha encargado de reducir drásticamente los presupuestos destinados a la actividad cultural, el capítulo presupuestario destinado al museo puede dar, bien administrado, resultados mucho mejores de los que hasta ahora ha ofrecido y que le mantienen en tal desolación. El Museo del Mar de Vigo, que debería ser un ejemplo para la España costera, no sólo no ha cumplido, sino que se ha destinado a multitud de aplicaciones, la mayor parte de las cuáles nada tienen que ver con el objetivo para el que fue creado. Ha servido como pasarela de modas, muestrario de joyas o relojería, estudio fotográfico, e incluso ha albergado cócteles, bodas y reuniones sociales, mientras un amplio catálogo de fondos propios permanecía oculto en las catacumbas de la entidad esperando a ser exhibido. Lo ha rescatado la nueva directora de la institución, que tiene ante sí un difícil pero hermoso desafío. Y como hasta el momento nada se ha hecho, puede permitirse el lujo de partir de cero y dignificarlo como en verdad se merece.

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