Opinión

PRIMERA DESILUSIÓN

El primer cara a cara que ha enfrentado en el Congreso a los máximos representantes de los dos grandes partidos del arco parlamentario nacional no ha cumplido muchas de las múltiples expectativas a las que el encuentro aspiraba. Alfredo Pérez Rubalcaba, recién elegido en Sevilla para asumir la jefatura del partido socialista, pisó el Hemiciclo con el ferviente deseo de hacerse notar y bajo el síndrome del debutante, lo que dio pie al desempeño de un verdadero recital de ademanes y guiños cómplices que no se tradujeron en otra cosa que en inocuos fuegos de artificio, mientras el presidente del Gobierno se limitó a transmitir a la sociedad española un mensaje de pesimismo tan negro y profundo que los ciudadanos que le escuchan se preguntan si Rajoy se sorprende a día de hoy de lo que se ha encontrado o si no tendrá otros argumentos que transmitir a los que le han elegido que este discurso teñido de negros presagios y lacerante amargura bajo cuya influencia resulta problemático que se produzca una reacción y algunos de los resortes recuperadores se reactiven.


Que la situación económica y financiera del país es alarmante lo sabe cualquier español medio porque sufre esa situación cada día en carne propia. Por tanto, lo que está deseando escuchar de sus líderes es un mensaje que, sin traicionar a la verdad ni distorsionar el escenario real, transmita cierto nivel de optimismo capaz de insuflarle ánimo y mostrar la posibilidad de un futuro más prometedor. Mariano Rajoy comparecía en su primera sesión plenaria del Congreso de los Diputados utilizando un diálogo desolador que no parece tener otro sentido que machacar el estado de ánimos de sus administrados y condenarles irremediablemente al sufrimiento, una opción para la que en modo alguno fue elegido por mayoría absoluta. Ni él ni Rubalcaba han sabido portarse.

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