Opinión

UNA LARGA ESPERA

El proyecto de ferrocarriles del alta velocidad para Galicia ha sido uno de los más difíciles y controvertidos aspectos de este plan de modernización del tendido ferroviario que el Gobierno de Zapatero puso en marcha a mediados de su primera legislatura cuando la verdadera naturaleza de la crisis no se había hecho sentir y los administradores gozaban de un periodo de serenidad y bonanza. Galicia ha llegado tarde al ferrocarril desde siempre, y su intrincado perfil orográfico añade complejidad al sistema y lo encarece, un aspecto de la estrategia para estas grandes actuaciones que en estos tiempos se tiene muy en cuenta. Galicia no tuvo tren hasta que la casi todas las latitudes del país lo tuvieron primero, y en este caso -el de la instalación del AVE en su territorio- también ha sufrido un retraso que hubiera sido en verdad definitivo si Magdalena Álvarez hubiera seguido al mando de Fomento y no hubiera sido sustituida por José Blanco. Hoy ella disfruta de una canonjía en Europa, y él está prácticamente desaparecido a la espera de un posible proceso judicial.


Desgraciadamente quien hasta el momento ha llevado la peor parte de esta política de impulsos que ha caracterizado el plan de Alta Velocidad para Galicia es Vigo y todo induce a pensar que, con el cambio de Gobierno, las cosas no mejorarán. La nueva titular de Fomento, Ana Pastor, se encuentra con una situación económica catastrófica, y si bien la parte del Eje Atlántico definida por el tramo A Coruña-Santiago está funcionando, el que debería unir Santiago y Vigo parece condenado a esperar. Las obras se prolongarán dos años más y el dinero no alcanza para finalizar el túnel que traiga a Vigo el tren incluso prescindiendo de la variante por Cerdedo. Por alguna razón que no se explica, Vigo sufre siempre más que el resto.

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