Opinión

LA ISLA DE CABALLERO

El segundo mandato del alcalde Caballero está resultando dramático. Dramático para él, empeñado en encastillarse en la ciudad que le ha otorgado una prórroga en su mandato y resistir con carácter numantino a toda supuesta amenaza procedente del exterior. Pero sobre todo, para esa misma ciudad a la que ha jurado servir con generosidad y a la que ha convertido en una isla privada en la que el único objetivo válido es aquel que garantice su propia supervivencia. La ciudad no tiene por qué subordinarse a los apetitos políticos de su alcalde, pero en este caso, y privado de cualquier otro respaldo que le puedan ayudar a mantener una existencia digna y sensata, el alcalde se ha declarado en rebeldía y ha decidido con carácter unilateral unir el futuro de Vigo a su propio futuro subordinando el natural desenvolvimiento de la urbe al suyo. Se trata de una decisión sin precedentes y de una gravedad extrema porque no tiene cura. Como quiera que la soledad del primer mandatario municipal de Vigo se agudiza de hora en hora, su necesidad de usar el poco territorio que le queda para defenderse crece exponencialmente al paso de los días y nos obliga a todos a participar en una loca carrera contra todo y todos en la que el único interés que prevalece es el que a él le afecta. Aunque la ciudad se quede sin hospital, sin Área Metropolitana, sin ciudad de la Justicia, sin museos y sin nada.


En la segunda mitad del siglo XIX, Vigo se liberó de las murallas que la fortificaban estableciendo con esta necesaria estrategia los principios para la creación de una ciudad moderna, abierta y con inexploradas capacidades de expansión. Demoler ese absurdo corsé de cemento convirtió aquella plaza enclaustrada entre paredes en una urbe cada vez más próspera. Pero Caballero ?abrazada su vocación de gobernador inexpugnable propia de Asterix y su aldea resistente- ha vuelto al siglo XIX. Volvemos al pasado.

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