Opinión

UN HECHO TRASCENDENTE

No es ni mucho menos un comportamiento usual que un rey pida perdón y por ello el acto protagonizado por Don Juan Carlos a su salida de la clínica donde fue tratado de una lesión de cadera producida en una cacería, adquiere rango histórico. Difícilmente pueden encontrarse hechos parejos repasando nuestros tiempos pretéritos y probablemente hay que remontarse al reinado de Fernando VII para encontrar otra disculpa pública entonada por un monarca español en el ejercicio de sus funciones. El rey absolutista fue obligado por imperativo popular a jurar la Constitución y se asomó al balcón de palacio para disculparse por no haberlo hecho antes, aunque la traicionara y la pisoteara más tarde. Por tanto, ambas circunstancias nada tienen que ver ni en intención ni en contenido, lo que convierte la situación actual en un episodio único al que hay que otorgar la trascendencia que merece y del que, dada su singularidad, hay que esperar que resulte esclarecedor, útil y beneficioso tanto para la sociedad española que implícitamente le ha pedido cuentas al Rey como para la propia Corona.


En primer término, conviene valorar en su justa medida el ejercicio de humildad de Don Juan Carlos, porque el trago ha tenido que ser amargo. Los reyes no están habituados a pedir perdón, casi nunca lo hacen, y pertenecen a un ámbito que tiene señalados privilegios unidos a su condición de testa coronada. Y en segundo lugar, es necesario otorgarle continuidad al hecho y reflexionar con prudencia sobre sus consecuencias futuras. Un acto tan trascendente debe servir para algo más que para paliar la tensión de un momento y debe abrir la puerta a un tratamiento renovado de la Monarquía que no sólo afecte a la propia Familia Real sino al futuro de la institución misma. Pasan las personas pero no sus hechos.

Te puede interesar