Opinión

GESTIONAR LA CALLE

El Partido Popular nunca ha ignorado -y muy poca capacidad de cálculo y análisis posee si no ha tenido en cuenta esta contingencia- que las duras medidas de recorte que necesitaba aplicar tendrían una respuesta popular dura y continuada, con mucha tensión y una frecuente presencia en la calle, donde cobrarían especial protagonismo tanto las centrales sindicales como el primer partido de la oposición. Es cierto que el PP tiene sobrados argumentos para culpabilizar a sus antecesores de una torpeza que ha conducido a este desastre, y cierto es también que la recuperación del país pasa, por la contención del gasto, por impopular que resulte. Pero tiene también otras obligaciones.


Por eso, este panorama de protesta y algarada callejera que ha tomado Valencia como principio de trayecto y que dibuja un escenario más o menos sabido debería haber sido gestionar con más prudencia y un grado más alto de acierto por el partido que gobierna si no quiere sucumbir a sus consecuencias. El comportamiento de sus representantes políticos y policiales en este caso ha dejado mucho que desear, y el modo en el que han afrontado esta crisis no es el más indicado si lo que se pretende es amainar el temporal sin renunciar a la defensa de unos criterios políticos que el Gobierno estima los más adecuados.


Cierto es, sin duda, que muchos de los involucrados en esta protesta no sólo no son estudiantes sino que forman parte de fuerzas de choque ajenas al conflicto y experimentadas en sus tratamientos, que aparecen en ellos haciendo buena la máxima de 'a río revuelto, ganancia de pescadores'. Pero esa certeza no disculpa una sobreactuación represiva ni la convierte en necesaria. Lo de Valencia debería valer para algo y el Gobierno debe meditar sobre aquellos a los que encarga ciertas responsabilidades.

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