Opinión

EFECTOS ESPECIALES

A falta de argumentos que puedan ennoblecer su gestión a los ojos del ciudadano, el Alcalde de Vigo ha resuelto adoptar la estrategia de oponerse a todo lo ajeno, calculando las ventajas de un efecto distracción como el que en estos planes se encierra. Caballero no tiene nada que ofrecer a sus administrados ni por el carácter de su gestión ni por los medios con los que cuenta para ello. De hecho, sabe que lo que hay para ofrecerles a los vigueses no puede pasar una criba sincera y desapasionada de esas con las que el alcalde no está habituado a convivir, porque Caballero se ha habituado a la existencia rodeada de halagos y cualquier escenario fuera de ese contexto le resulta insoportable.


Sin embargo, esa ausencia voluntaria de sentido crítico no significa que Caballero sea un ignorante y desconozca qué cosas no tienen remedio. Se ha dado perfecta cuenta, entiende en su fuero interno que este segundo mandato no resistiría un examen riguroso porque nada hay con cierta entidad para salvarlo, y ha resuelto abonarse a la estrategia de las cortinas de humo para desviar responsabilidades y ponerse a salvo, sabiendo además que esa actuación tan marcadamente egoísta acabará pagándola el ciudadano vigués, el sufrido contribuyente que se queda sin Ciudad de la Justicia y al que le peligra el nuevo hospital, simplemente porque su alcalde se niega a asumir un compromiso que pactó en su día con la Xunta de Galicia cuando estaba gobernada por la alianza del PSOE y el BNG y su presidente era Emilio Pérez Touriño.


Estamos pues en esos delicados momentos en los que, agotados todos los efectos especiales a los que el alcalde de la ciudad puede apelar para vender su imagen, le resulta obligado recurrir a otros prodigios. En ellos está y poco importa que quien lo pague sean Vigo y el área metropolitana.

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